Capítulos del 1 al 15

Capítulo 1

Y pensábamos que éramos amigas


Spencer Hastings estaba en el campo de arboles de manzana verde junto a
sus tres ex-mejores amigas, Hanna Marin, Aria Montgomery y Emily
Fields. Las chicas se habían dejado de hablar por más de 3 años, no
mucho después de que Alison DiLaurentis desapareció misteriosamente, pero
el destino las unió este día para el funeral de Alison. Dos días antes, unos
trabajadores encontraron el cuerpo de Ali debajo de un muro de concreto que
solía ser parte de su casa.
Spencer le dio una segunda mirada al mensaje de texto que recibió en su
Sidekick.
Todavía estoy aquí, perras. Y lo sé todo. –A
—Oh mi Dios —murmuro Hanna. En la pantalla de su Blackberry se leía lo
mismo. Al igual que en el Treo de Aria y en el Nokia de Emily. Desde la semana
pasada cada una de ellas ha estado recibiendo e-mails, textos, y mensajes
instantáneos de alguien con la inicial “A”. La mayoría de las notas se tratan de
cosas que sucedieron en el séptimo grado, el año en que Ali desapareció, pero
también hablaban de nuevos secretos... cosas que han estado sucediendo estos
días.
Spencer pensó que “A” podría ser Alison, -quien de alguna manera regresóexcepto
que eso era imposible, porque el cuerpo de Ali estaba debajo del
concreto. Ella ha estado... muerta... desde hace mucho, mucho tiempo.
—¿Crees que esto signifique… la cosa de Jenna? —Aria susurro, pasando su
mano por su barbilla.
Spencer deslizo su teléfono en su cartera Kate Spade. —No deberíamos hablar
de eso aquí. Alguien podría escucharnos —miro nerviosamente hacia el lugar
donde Toby y Jenna Cavanaugh estaban hace apenas unos minutos. Spencer no
había visto a Toby desde que Ali desapareció, y la última vez que vio a Jenna
fue en la noche de su accidente, cargada en los brazos de los paramédicos.
—¿A los columpios? —susurro Aria, refiriéndose al Parque de juegos
Rosewood. Esa era su viejo y especial lugar de reuniones.
—Perfecto —dijo Spencer, abriéndose paso a través de las personas
desconsoladas—. Nos vemos allí.
Era la tarde de un perfecto día de otoño. El aire tenía un aroma a manzanas y
madera. Un globo aerostático volaba por el cielo. Era el día perfecto para el
funeral de una de las más bellas chicas en Rosewood.
Lo sé todo.
Spencer se estremeció. Tenía que ser un juego. Quien sea que sea A no podía
saberlo todo. No sobre lo de Jenna... y mucho menos sobre el secreto que solo
Ali y Spencer compartían. La noche del accidente de Jenna, Spencer presencio
algo que sus amigas no hicieron, pero Ali la había hecho mantener el secreto, ni
siquiera decírselo a Emily, Aria y Hanna. Spencer les quería decir, pero no
podía, lo trato de olvidar y pretender que nunca sucedió.
Pero... si sucedió.
La fresca noche de primavera, abril, en sexto grado, justo después de que Ali
lanzara un fuego artificial a la ventana de la casa del árbol, Spencer corrió hacia
afuera. El aire olía como cabello en llamas. Luego vio a los paramédicos
cagando a Jenna por la temblorosa y frágil escalera de la casa del árbol.
Ali estaba a su lado. —¿Hiciste eso a propósito? —pregunto Spencer,
horrorizada.
—¡No! —Ali presiono el brazo de Spencer—. Si…
Por años, Spencer trato de bloquear lo que paso después de eso: Tobey
Cavanaugh dirigiéndose directamente hacia ellas. Su cabello muy elaborado y
su gótica y pálida cara sonrojada. Camino derecho hasta Ali.
—Te vi —Toby estaba tan furioso que temblaba. Miro hacia la calle, donde un
carro de policía se estaciono—. Te voy a acusar.
Spencer resoplo. Las puertas de la ambulancia se cerraron y las sirenas
comenzaron a sonar alejándose de la casa. Ali estaba calmada. —Sí, pero yo te
vi Toby —dijo—. Y si me acusas, yo también te acusare. Con tus padres.
Toby dio un paso hacia atrás. —No.
—Si —Ali lo contrario. A pesar de que solo media 5 con 3 pies, de repente
pareció mucho más alta—. Tú lanzaste el cohete. Tú heriste a tu hermana.
Spencer tomo su brazo. ¿Qué estaba haciendo ella? le alejo el brazo.
—Hermanastra —Toby murmuro, casi inaudiblemente. Miro hacia su casa del
árbol y luego al final de la calle. Otro auto de policías llego a la casa de los
Cavanaugh—. Te voy a atrapar —le dijo a Ali—. Solo espera.
Luego el desapareció.
Spencer tomo el brazo de Ali. —¿Que vas a hacer?
—Nada —dijo Ali, muy calmada—. Estamos bien.
—Alison... —Spencer parpadeo con incredulidad—. ¿No lo escuchaste? El te vio
hacerlo. Le va a decir a la policía ahora mismo.
—No lo creo —Ali sonrió—. No con lo que se sobre el —luego avanzo y dijo lo
que había visto a Toby hacer. Eso era algo tan molesto. Ali había olvidado que
seguía sosteniendo el cohete hasta que se disparo de su mano hacia la ventana
de la casa del árbol.
Ali le hizo prometer a Spencer que no le diría a nadie más sobre eso, y le
advirtió a Spencer que si lo hacía buscaría una manera de darle su merecido.
Asustada por lo que Ali podría hacerle, Spencer mantuvo su boca cerrada. Le
preocupaba que Jenna dijera algo - seguramente Jenna recordaría que Toby no
lo había hecho- pero Jenna estaba delirando y confundida... dijo que esa noche
no la recordaba.
Luego, un año después, Ali desapareció.
La policía le pregunto a todos, incluyendo a Spencer, preguntaron si sabía de
alguien que quisiera dañar a Ali. Toby, Spencer pensó inmediatamente. No
podía olvidar el momento en el que dijo: te atrapare. Excepto que nombrar a
Toby significaba decirle la verdad a los policías sobre el accidente de Jenna -que
ella era en parte responsable. Que ella sabía la verdad y no se lo había dicho a
nadie en todo ese tiempo. Eso también significaba decirle a sus amigas el
secreto que había estado guardando por más de un año. Entonces Spencer no
dijo nada.
Spencer tenía una coartada y giro hacia el estacionamiento del parque
Rosewood. ¿Ves? A no podía saberlo todo, como dijo en el texto. A menos que
A fuera Toby Cavanaugh... Pero eso no tenía sentido. Las notas de A para
Spencer eran acerca de un secreto que solo Ali sabía: de vuelta en séptimo
grado, Spencer beso a Ian, el novio de su hermana Melissa. Spencer había
admitido hacerlo solo a Ali -a nadie más. Y A también sabía sobre Wren, el
ahora ex- de su hermana, con quien Spencer habia hecho más que besarse la
semana pasada.
Pero los Cavanaughs vivían en la misma calle que Spencer. Con binoculares,
Toby podría haber sido capaz de ver por su ventana. Y Toby estaba en
Rosewood, a pesar de que fuera septiembre. ¿No debería estar ya en la escuela?
Spencer llego al estacionamiento pavimentado con ladrillos. Sus amigas ya
estaban allí, caminado por el parque de juegos de la escuela primaria
Rosewood. Era un hermoso castillo de madera, con banderas y un tobogán con
la forma de un dragón. El estacionamiento estaba desierto, las aceras de ladrillo
estaban vacías y los campos estaban en silencio; toda la escuela tenía el día libre
por el funeral de Ali.
—¿Entonces todas nosotras recibimos mensajes de este tal “A”? —Hanna
pregunto mientras Spencer llegaba. Todas tenían el celular en sus manos con el
mensaje que decía Lo sé todo.
—Yo recibí otros dos —Emily dijo tentativamente—. Yo pensé que eran de Ali.
—¡Yo también! —Hanna resoplo, apoyando se mano a la escalera del castillo de
juego. Aria y Spencer asintieron también. Se miraron unas a otras con ojos
nerviosos.
—¿Que decía el tuyo Emily? —Spencer miro a Emily.
Emily se quito parte de su cabello que le cubría el rostro. —Es... personal.
Spencer estaba tan sorprendida, rio fuertemente. —¡Tú no tienes ningún
secreto, Em! —Emily era la más tranquila y dulce chica de todo el planeta.
Emily parecía ofendida. —Sí, bueno, si tengo.
—Oh —Spencer se sentó sobre el tobogán. Inspiro, esperando oler el césped. En
lugar de eso capto el olor del cabello en llamas -justo como en la noche del
accidente de Jenna. —¿Qué hay de ti Hanna?
Hanna arrugo su pequeña nariz. —Si Emily no dirá el suyo, no quiero hablar
sobre el mío. Era algo que solo Ali sabia.
—Lo mismo digo —dijo Aria rápidamente. Bajo su mirada y dijo—: Lo siento.
Spencer se estremeció. —¿Entonces todas tienen secretos que solo Ali sabia?
Todas asintieron. Spencer bufo ruidosamente. —Pensé que éramos amigas.
Aria miro a Spencer y la enfrento. —Entonces dinos que decía el tuyo.
Spencer no sentía que su secreto sobre Ian era tan jugoso. No era nada
comparado con lo que sabía sobre lo de Jenna. Pero ahora se sentía orgullosa de
decirlo. —Es un secreto que solo Ali sabía, como tú —coloco su cabello rubio
detrás de sus orejas—. Pero A también me envió un e-mail sobre algo que está
pasando ahora. Me sentí como si me estuviesen espiando.
Los helados ojos azules de Aria se abrieron. —Lo mismo digo.
—Entonces hay alguien espiándonos a todas —dijo Emily. Una mariquita se
poso en su hombro y lo sacudió como si fuese algo más feo.
Spencer se levanto. —¿Creen que sea... Toby?
Todas parecían sorprendidas. —¿Por qué? —pregunto Aria.
—Él es parte de lo de Jenna —Spencer dijo cuidadosamente—. ¿Qué si él sabe?
Aria señalo a la pantalla de su Treo. —¿De verdad crees que es... sobre lo de
Jenna?
Spencer se humedeció los labios. Diles. —Todavía no sabemos porque Toby se
culpo a sí mismo —ella sugirió, probando a ver qué dirían las demás.
Hanna pensó por un momento. —La única manera de que Toby sepa lo que
hicimos es que una de nosotras se lo dijera —ella miro a las demás
desconfiadamente—. Yo no le dije.
—Yo tampoco —Aria y Emily se apresuraron a decir.
—¿Y si Toby lo supo de otra manera? —Spencer pregunto.
—¿Te refieres a que otra persona vio a Ali y le dijo? —Aria pregunto—. ¿O que
él vio a Ali?
—No... me refiero... no lo sé —dijo Spencer—. Solo estoy tratando de adivinar.
Diles, Spencer pensó de nuevo, pero no podía. Todas parecían desconfiadas de
las otras, como si la desaparición de Ali fuera la causa de la desintegración de
su amistad. Si Spencer les dijera la verdad, la odiarían por no decirle a la policía
cuando Ali desapareció. Incluso la culparían por la muerte de Ali. Quizás lo
deberían hacer. ¿Qué si Toby de verdad... lo hubiese hecho? —Era solo un
pensamiento —se escucho a si misma decir—. Probablemente estoy equivocada.
—Ali dijo que nadie lo sabia excepto nosotras —los ojos de Emily estaban
húmedos—. Nos lo juro. ¿Recuerdan?
—Además —Hanna agrego—. ¿Cómo podría Toby saber tanto de nosotras?
Podría verlo venir de los viejos amigos de Ali, o de su hermano, o de alguien
con quien hablara. Pero odiaba a Toby. Todas lo hacíamos.
Spencer se encogió de hombros. —Probablemente tienes razón —tan pronto lo
dijo se relajo. Estaba obsesionada por nada.
Todo estaba tranquilo. Quizás demasiado. La rama de un árbol cercano se cayó,
y Spencer miro a su alrededor sorprendida. Los columpios se movían como si
alguien se hubiese bajado de ellos. Un pájaro marrón se poso en el techo del
castillo y las observo, como si lo supiera todo también.
—Creo que alguien está tratando de molestarnos —Aria susurró.
—Si —Emily estuvo de acuerdo pero no sonaba convencida.
—¿Entonces, que hacemos si recibimos otra nota? —Hanna se acomodo su
pequeño vestido negro sobre sus piernas—. Al menos deberíamos tratar de
resolver quien es.
—Que tal, si recibimos otra nota, no llamamos —Spencer sugirió—. Deberíamos
tratar de armar el rompecabezas. Pero no creo que deberíamos hacer algo como,
loco. Deberíamos tratar de no preocuparnos.
—No estoy preocupada —Hanna dijo rápidamente.
—Yo tampoco —Aria y Emily dijeron al mismo tiempo. Pero cuando una
corneta sonó en la calle, todas saltaron.
—¡Hanna! —Mona Vanderwaal, la mejor amiga de Hanna, saco su pálida y
rubia cabeza de una Hummer H3. Lucia unos grandes y rosados lentes de
aviador.
Hanna miro a las demás disculpándose. —Debo irme —murmuro, y corrió por
el patio.
Durante los últimos años Hanna se reinvento a si misma convirtiéndose en una
de las chicas más populares de Rosewood Day. Había perdido peso, se tiño el
cabello de un sexy color oscuro, se consiguió un nuevo guardarropa de
diseñador, y ahora ella y Mona Vanderwaal -una idiota también transformadase
juntaban en la escuela, demasiado buenas para los demás. Spencer se
pregunto cuál sería el gran secreto de Hanna.
—Yo también debería irme —Aria se coloco su pequeño bolso purpura en el
hombro—. Las llamare —y partió hacia su Subaru.
Spencer se fue hacia los columpios y al igual lo hizo Emily, quien lucía cansada
y triste. Spencer coloco su mano sobre el hombro de Emily. —¿Estás bien?
Emily volteo su cabeza. —Ali. Ella esta…
—Lo sé.
Se abrazaron incómodamente, luego Emily camino hacia los bosques diciendo
que tomaría el camino corto hasta su casa. Por años, Spencer, Emily, Aria y
Hanna no habían hablado, incluso si se sentaban una detrás de la otra en clase
de historia o estaban solas en el tocador. Sin embargo Spencer sabia cosas sobre
todas ella -partes intrigantes que solo cercanas amistades sabrían. Como, el
hecho de que Emily era la que se estaba tomando la muerte de Ali más
duramente. Solían llamar a Emily "Asesina" porque defendía a Ali como un
Rottweiler posesivo.
De vuelta al auto, Spencer se sentó en el asiento del piloto y encendió la radio.
Giro el botón y encontró la estación de deportes de los Phillies, 610 AM. Algo en
la sobrecarga de testosterona en unos chicos hablando de los Phillies y Sixters la
calmaron. Había esperado que hablar con sus viejas amigas aclarara un poco las
cosas, pero las cosas todavía estaban... extrañas.
Cuando su celular vibro en su bolsillo, los saco esperando que fuera Emily o
Aria. Quizás incluso Hanna. Spencer lo tomo y abrió su bandeja de entrada.
Spence, no te culpo por no poder decirles tu pequeño secreto sobre Toby. La verdad
puede ser peligrosa… y no querrás que se sientan lastimadas, ¿o sí? –A


Capítulo 2

Hanna 2.0

Mona Vanderwaal puso la Hummer de sus padres en el parking, pero
dejó el motor en marcha. Tiró su celular en su bolso Lauren Merkin
de gran tamaño color coñac y sonrió a su mejor amiga, Hanna. —He
estado tratando de llamarte.
Hanna permaneció cautelosamente en la acera. —¿Por qué estás aquí?
—¿De qué estás hablando?
—Bueno, yo no te pedí dar una vuelta —temblando, Hanna señaló a su Toyota
Prius en el estacionamiento—. Mi coche esta allí. ¿Alguien te dijo que estaba
aquí, o...?
Mona estiró un largo y rubio mechón de cabello alrededor de su dedo. —Estoy
en mi camino a casa desde la iglesia, estas chiflada. Te vi, me detuve —dejó
escapar una risita—. ¿Tomaste un Valium de tu mamá? Pareces estar mal.
Hanna sacó un Camel Ultra Light fuera del paquete en su bolso negro de Prada
y lo encendió. Por supuesto que estaba mal. Su antigua mejor amiga había sido
asesinada, y ella había estado recibiendo mensajes de texto aterradores de
alguien llamado “A” toda la semana. Cada momento de hoy, preparándose
para el funeral de Ali, comprando Coca-Cola Light en Wawa, uniendo en la
carretera hacia Rosewood Abbery, se sentía segura de que alguien la estaba
observando. —Yo no te vi en la iglesia —murmuró.
Mona tomó sus gafas de sol para revelar sus redondos ojos azules. —Miraste
directamente a mí. Me despedí de ti. ¿Cualquiera de eso te suena familiar?
Hanna se encogió de hombros. —Yo... no me acuerdo.
—Bueno, supongo que estabas ocupada con tus viejas amigas —devolvió Mona.
Hanna se erizó. Sus viejas amigas eran un tema pegajoso entre ellas, hace un
millón de años, Mona fue una de las chicas Ali, Hanna, y las otras bromistas. Se
convirtió en la chica de las risas, después de que Jenna se lastimara. —Lo siento.
Estaba lleno de gente.
—No es como si me estuviera ocultando —Mona sonaba herida—. Yo estaba
sentada detrás de Sean.
Hanna inspiró profundamente. Sean.
Sean Ackard era su ahora ex novio, su relación acabó en la fiesta de bienvenida
de regreso a la escuela de Noel Kahn la noche del pasado viernes. Hanna había
tomado la decisión que el viernes iba a ser la noche en que perdiese su
virginidad, pero cuando ella comenzó a ponerse en movimiento con Sean, él la
evitó y le dio un sermón sobre el respeto a su cuerpo. En venganza, Hanna
tomó el BMW de la familia Ackard y salió de fiesta con Mona y lo estampó
alrededor de un poste de teléfono delante de una casa Depot.
Mona apretó los talones sobre el acelerador de la Hummer, el motor se aceleró.
—Así que escucha. Tenemos una emergencia, no tenemos fecha todavía.
—¿Para qué? —Hanna parpadeó.
Mona levantó una ceja rubia perfectamente depilada. —Hola, ¿Hanna? ¡Para
Foxy! Es este fin de semana. Ahora que cortaste con Sean, puedes pedírselo a
alguien genial.
Hanna se quedó mirando el poco crecido diente de león de las grietas en la
acera. Foxy era el baile benéfico anual de "los jóvenes miembros de la sociedad
Rosewood", patrocinado por la Liga Rosewood Foxhunting, de ahí el nombre.
Una donación de $250 a la elección de la liga a la cena, el baile, y la oportunidad
de ver tu foto en el Philadelphia Inquirer y el glam-R5.com, el blog de la
sociedad, y era una buena excusa para disfrazarse, beber, y conectar con otros
novios. Hanna había pagado su ticket en julio, pensando que iba con Sean. —Yo
no sé siquiera si voy —murmuró con tristeza.
—Por supuesto que vas —Mona rodó sus ojos azules y dejó escapar un
suspiro—. Oye, llámame cuando reviertan tu lobotomía —y luego puso el coche
en marcha y salió zumbando.
Hanna regresó lentamente a su Prius. Sus amigos se habían ido, y su coche de
plata parecía solitario en el estacionamiento vacío. Un sentimiento de inquietud
le molestaba. Mona era su mejor amiga, pero había un montón de cosas que
Hanna no le estaba diciendo en este momento. Como los mensajes de “A”. O
cómo ella había sido arrestada la mañana del sábado por robar el automóvil del
Señor Ackard. O que Sean la dejó a ella, y no al revés. Sean fue tan diplomático,
que había dicho sólo a sus amigos que ellos habían "decidido ver a otras
personas". Hanna imaginó que podría trabajar la historia a su favor para que
nadie supiera la verdad.
Pero si ella le decía a Mona algo de eso, sería demostrarle que la vida de Hanna
estaba fuera de control. Hanna y Mona había vuelto a crearse a ellas mismas
juntas, y la regla era que como co-divas de la escuela, tenían que ser perfectas.
Eso significaba permanecer delgada, llevando ajustados jeans Paige antes que
nadie, y nunca perder el control. Cualquier grieta en su armadura puede
enviarlas de vuelta al anonimato y al pasado de moda, y nunca quería volver
allí. Nunca. Así que Hanna tenía que fingir que ninguno de los horrores de la
última semana había sucedido, a pesar de que sí lo habían hecho.
Hanna nunca había conocido a nadie que hubiese muerto, y mucho menos a
alguien que fuese asesinado. Y el hecho de que se trataba de Ali, en
combinación con las notas de A, era aún más espeluznante. Si alguien realmente
sabía acerca de La Cosa de Jenna... y podría contarlo... y si ese alguien tenía algo
que ver con la muerte de Ali, definitivamente la vida de Hanna no estaba en su
control.
Hanna se detuvo en su casa, de ladrillo Georgiano que daba al monte Mt Kale.
Cuando se miró en el espejo retrovisor del coche, se horrorizó al ver que tenía la
piel manchada y aceitosa y sus poros parecían enormes. Ella se acercó más al
espejo, y de repente... tenía la piel clara. Hanna tomó unas cuantas largas
respiraciones irregulares antes de salir del coche. Había estado teniendo un
montón de alucinaciones como ésta últimamente.
Agitada, se deslizó dentro de su casa y se dirigió a la cocina. Cuando se acercó a
las puertas francesas, se congeló.
La madre de Hanna estaba sentada a la mesa de la cocina con un plato de queso
y galletas delante de ella. Su cabello castaño oscuro estaba en un moño, y su
reloj Chopard con diamantes incrustados brillaba en el sol de la tarde. Su
auricular inalámbrico Motorola en su oreja.
Y junto a ella... el padre de Hanna.
—Hemos estado esperándote —dijo su papá.
Hanna dio un paso atrás. El cabello de él estaba más gris, y llevaba unas nuevas
gafas de montura metálica, pero por lo demás tenía el mismo aspecto: alto, ojos
arrugados, polo azul. Su voz era la misma, demasiado profunda y tranquila,
como un comentarista de la NPR. Hanna no lo había visto ni hablado con él en
casi cuatro años. —¿Qué estás haciendo aquí? —exclamó ella.
—He estado haciendo algún trabajo en Philadelphia —dijo el Sr. Marín, su voz
chirriantemente nerviosa en trabajo. Cogió la taza de café Doberman. Era la taza
de su papá cuando había vivido con ellas; Hanna se preguntó si había arrasado
en el armario para encontrarla—. Tu mamá llamó y me dijo acerca de Alison. Lo
siento mucho, Hanna.
—Sí —dijo Hanna. Se sintió mareada.
—¿Necesitas hablar de cualquier cosa? —su mamá mordisqueaba un pedazo de
queso cheddar.
Hanna ladeó la cabeza confundida. La relación entre la Sra. Marín y Hanna era
más jefe/empleado que madre/hija. Ashley Marín había arañado en su camino
por la escalera ejecutiva de Philadelphia de la firma de publicidad McManus &
Tate, y ella trataba a todos como empleados. Hanna no podía recordar la última
vez que su mamá le había preguntado algo sentimental. Posiblemente nunca. —
Uhm, estoy bien. Pero gracias —añadió, un poco arrogante.
¿Podrían realmente culparla de ser un poco amarga? Después de que sus
padres se divorciaron, su padre se trasladó a Annapolis, comenzó a salir con
una mujer llamada Isabel, y heredó una magnífica cuasi-hijastra, Kate. Su padre
hizo su nueva vida tan poco acogedora para ella, que Hanna le visitó sólo una
vez. Su padre no había tratado de llamarla, ni enviarle e-mails, ni nada, desde
hace años. Ni siquiera enviar regalos de cumpleaños, para controlar.
Su padre suspiró. —Este probablemente no es el mejor día para hablar sobre
cosas.
Hanna lo miró. —¿Hablar de qué más?
El Sr. Marín se aclaró la garganta. —Bueno, tu mamá me llamó por otra razón,
también —bajó los ojos—. El coche.
Hanna frunció el ceño. ¿El coche? ¿Qué coche? Oh.
—Es bastante malo que robaras el automóvil del Señor Ackard —dijo su
padre—. Pero ¿dejaste la escena del accidente?
Hanna miró a su mamá. —Pensé que esto estaba solucionado.
—Nada está solucionado —la Sra. Marín la fulminó con la mirada.
Me engañaste, Hanna quería decir. Cuando la policía la dejó ir el sábado, su
madre le dijo misteriosamente a Hanna que las “cosas funcionarían bien”, de
modo que Hanna no estaría en problemas. El misterio se resolvió cuando
Hanna encontró a su madre y a uno de los oficiales jóvenes, Darren Wilden,
prácticamente haciéndolo en su cocina la noche siguiente.
—Hablo en serio —dijo la Sra. Marín, y Hanna paro de sonreír—. La policía ha
acordado desistir del caso, sí, pero eso no cambia lo que está pasando contigo,
Hanna. Primero robas en Tiffany, ahora esto. Yo no sabía qué hacer. Así que
llamé a tu padre.
Hanna se quedó mirando el plato de queso, demasiado extrañada para
mirarlos. ¿Su mamá le había dicho a su padre que había sido atrapada robando
en Tiffany también?
El Sr. Marín se aclaró la garganta. —Aunque el caso fue abandonado con la
policía, el Sr. Ackard quiere resolverlo en privado, fuera de los tribunales.
Hanna se mordió el interior de su boca. —¿El seguro no paga esas cosas?
—No es eso exactamente —contestó el Sr. Marín—. El señor Ackard ha hecho a
tu madre una oferta.
—El padre de Sean es un cirujano plástico —explicó su madre—, pero su
proyecto favorito es una clínica de rehabilitación para víctimas de quemaduras.
Él quiere que estés a las tres y media mañana.
Hanna arrugó la nariz. —¿Por qué no podemos simplemente darle el dinero?
El pequeño celular LG de la Sra. Marín empezó a sonar. —Creo que esta será
una buena lección para ti. Para hacer algo bueno para la comunidad. Para
entender lo que has hecho.
—¡Pero yo lo entiendo! —Hanna Marín no quería perder su tiempo libre en una
clínica de quemaduras. Si tenía que ser voluntaria, ¿por qué no podía estar en
algún lugar chic? ¿Como en la ONU, con Nicole y Angelina?
—Ya está resuelto —dijo la Sra. Marín bruscamente. Entonces le gritó a su
teléfono—. Carson? ¿Hiciste la maqueta?
Hanna se sentó con sus uñas presionado en puños. Francamente, ella deseaba
poder subir las escaleras, cambiarse el vestido de funeral - ¿hacia qué sus
muslos se viesen enormes, o era simplemente su reflejo en las puertas del patio?
- rehacer su maquillaje, perder cinco libras, y tomar un trago de vodka. Luego
volvería a bajar y a reintroducirse a sí misma.
Cuando ella miró a su padre, él le dio una sonrisa muy pequeña. El corazón de
Hanna dio un vuelco. Sus labios entreabiertos, como si fuera a hablar, pero
luego sonó su teléfono móvil, también. Levantó un dedo a Hanna para que
esperase. —¿Kate? —espondió.
El corazón de Hanna se hundió. Kate. La magnífica, casi perfecta hijastra.
Su padre puso el teléfono debajo de la barbilla. —¡Hey! ¿Cómo fue el crosscountry?
—hizo una pausa y luego sonrió—. ¿En dieciocho minutos? Eso es
impresionante.
Hanna agarró un trozo de queso cheddar de la tabla de quesos. Cuando ella
había visitado Annapolis, Kate no la miraba. Ella y Ali, quien había venido con
Hanna para darle apoyo moral, había formado un vínculo con la guapa chica,
excluyendo a Hanna por completo. Le llevó a Hanna a devorar todos los
aperitivos en un radio de una milla, esto fue cuando ella era gordita y fea, y
comió y comió. Cuando ella tuvo su estómago lleno en exceso de agonía, su
padre había movió los pies y dijo: —¿El cochinito no se siente bien? —en frente
de todos. Y luego Hanna había huido al baño y se había obligado con un cepillo
de dientes en la boca.
El trozo de queso cheddar flotaba delante de la boca de Hanna. Respiró
profundamente, lo metió en una servilleta en su lugar y lo arrojó a la basura.
Todo eso ocurrió hace mucho tiempo... cuando era una Hanna muy diferente.
Sólo lo sabía Ali, y esa Hanna había sido enterrada.

Capítulo 3

¿Hay alguna hoja de inscripción a los Amish en alguna parte?


Emily Fields se paró frente a la Posada Gray Horse, un edificio de piedra
desmoronándose que solía ser un Revolucionario hospital en la Guerra.
Los actuales dueños convirtieron sus pisos superiores en una posada
para los clientes-ricos-de-fuera-de-la-ciudad y servían café orgánico en el salón
de recepción. Emily miró a través de las ventanas de la cafetería para ver a
algunos de sus compañeros y sus familias comer bagels de salmón ahumado,
aplastados sándwiches italianos, y enormes ensaladas Cobb. Todo el mundo
debe haber tenido el deseo de comer su desayuno tardío después de la
funeraria.
—Lo lograste.
Emily se dio la vuelta para ver a Maya St. Germain apoyada en una maceta de
terracota llena de peonías. Maya había llamado cuando Emily dejaba los
columpios de Rosewood Day, pidiéndole que se encontraran. Como Emily,
Maya seguía en su traje de funeraria- una corta, falda de pana negra plisada,
botas negras, y un suéter negro sin mangas con un delicado encaje cosido en el
cuello. Y también como Emily, parecía que Maya había luchado encontrando
cosas de aspecto lúgubre y negras en la parte posterior de su armario.
Tristemente Emily sonrió. La casa a donde los St Germain se habían trasladado
era la vieja casa de Ali. Cuando los trabajadores comenzaron a excavar en el
medio terminado mirador de los DiLaurentis para dar paso a la pista de tenis
de los St Germain, descubrieron el cuerpo descompuesto de Ali debajo del
hormigón. Desde entonces, camionetas, coches de policía, y curiosos rondaban
la propiedad 24 /7. La Familia Maya se refugiaba aquí en la posada hasta
Las cosas se calmaran.
—Hey —Emily miró alrededor—. ¿Están tus parientes tomando su desayuno
tardío?
Maya negó con gruesos rizos de color negro pardusco. —Fueron a Lancaster.
Para volver a la naturaleza o algo. Honestamente, creo que han estado en
estado de shock, así que tal vez la vida sencilla ehm les hará algo de bien.
Emily sonrió, pensando en los padres de Maya Tratando de compartir con los
Amish en el oeste del pequeño municipio de Rosewood.
—¿Quieres venir a mi habitación? —Maya le preguntó, levantando las cejas.
Emily tiro de ella su falda-sus muslos se veían musculosos por la natación- y se
detuvo. Si la familia de Maya no estaba aquí, estarían solas. En una habitación.
Con una cama.
Cuando Emily conoció a Maya, se había estado mentalizando. Había suspirado
por una amiga que pudiera reemplazar Ali.
Ali y Maya eran muy similares en muchas maneras, las dos eran audaces y
divertidas, y parecían ser las dos únicas personas en el mundo que entendían a
la verdadera Emily. Que tenían algo más en común: Con las que Emily se sentía
diferente a su alrededor.
—Vamos —Maya se volteo para entrar. Emily no estaba segura de que más
hacer, aparte de seguirla. Ella siguió a Maya a través de las chirriantes escaleras
sinuosas de la posada a su dormitorio temático-1776-. Olía a lana humedad.
Tenía pisos de madera de pino, era inestable, con una cama matrimonial con
dosel con una loca manta gigante en la parte superior, y un artilugio
desconcertante en la esquina que parecía una mantequera—. Mis padres nos
consiguieron a mi hermano y a mí habitaciones separadas—. Maya se sentó en
la cama con un chirrido.
—Eso está bien —Emily respondió, posándose en el borde de una silla
desvencijada que probablemente había pertenecido a George Washington.
—Entonces, ¿cómo estás? —Maya se inclino hacia ella—. Dios, te vi en el
funeral. Tú lucias... devastada —los ojos color avellana de Emily se llenaron de
lágrimas.
Ella estaba devastada acerca de Ali. Emily había pasado los últimos tres años y
medio con la esperanza de que Ali se presentaba en su porche un día, sana y
brillante como siempre.
Y, cuando ella comenzó a recibir las notas de A, estaba segura que Ali estaba de
vuelta. ¿Quién más podría saberlo? ahora, Emily sabía que Ali se había ido
realmente. Para siempre. Además de eso, alguien conocía sus mas ocultos
secretos, que había estado enamorada de Ali y que sentía lo mismo por Maya. Y
tal vez alguien sabía la verdad sobre lo que le habían hecho a Jenna, también.
Emily se sintió mal, se negaba a contarles a sus viejas amigas acerca de lo que
decía la nota de A. Era sólo... que No podía. Una de las notas había sido escrita
en una vieja carta de amor que expresaba lo que ella sentía por Alí. Lo irónico
era que ella "podría” hablar con Maya sobre lo que la nota decía, pero tenía
miedo de decirle a Maya sobre “A”. —Creo que estoy en shock —finalmente
respondió, sintiendo un dolor de cabeza adelantarse—."Pero, además... es que
estoy cansada.
Maya se quitó las botas. —¿Por qué no tomas una siesta? No te vas a sentir
mejor solo sentada en ese intento de silla.
Emily envolvió sus manos alrededor de los brazos de la silla. —Yo…
Maya dio unas palmaditas en la cama. —Parece que necesitas un abrazo.
Un abrazo se sentiría bien. Emily se apartó el pelo rubio-rojizo de su cara y se
sentó en la cama junto a Maya. Sus cuerpos se mezclaban uno con el otro. Emily
podía sentir las costillas de Maya a través de la tela de su camisa. Era tan
pequeña, Emily podría probablemente recogerla y girarla a su alrededor.
Ellas se alejaron, unas pocas pulgadas mirándose la una a la otra a la cara. Las
pestañas de Maya eran negro carbón, y tenía motas diminutas de dorado en su
iris.
Poco a poco, Maya inclino hacia arriba la barbilla de Emily. Ella la besó
suavemente en primer lugar. Luego más duro.
Emily sintió el silbido familiar de emoción a medida que la mano de Maya
reescribía sobre el borde de la falda de Emily. De repente, la alcanzó debajo de
ella. Sus manos se sentían frías y sorprendentes. Los ojos de Emily se abrieron
de un tiro y ella se apartó.
Las cortinas blancas con volantes en la sala de Maya estaban abiertas, y Emily
podía ver el Escalade, Mercedes, y los híbridos Lexus en el estacionamiento.
Sarah Islington y Taryn Orr, dos chicas del grado de Emily salían del
restaurante, seguidas por sus padres. Emily se agachó.
Maya se echó hacia atrás. —¿Qué tiene de malo?
—¿Qué estás haciendo? —Emily se desabrochó la falda cubriéndose con la mano.
—¿Qué te parece que estoy haciendo? —Maya sonrió. Emily miró a la ventana.
Sarah y Taryn se habían ido.
Maya se sacudía de arriba abajo en el crujiente colchón de la cama. —¿Sabías
que hay una cosa de caridad llamada el baile Foxy el sábado?
—Sí —todo el cuerpo de Emily latía.
—Creo que debemos ir —continuó Maya—. Suena divertido.
Emily frunció el ceño. —Los boletos cuestan $ 250. Tú tienes que ser invitada.
—Mi hermano consiguió boletos. Suficientes para las dos —Maya se acercó más
a Emily—.¿Quieres ser mi cita?
Emily salió disparada de la cama. —Yo... —dio un paso hacia atrás, tropezando
en la enganchada alfombra resbaladiza. Mucha de la gente del Rosewood Day
iría al Foxy. Todos los chicos populares, los atletas, todos... todo el mundo—.
Tengo que ir al cuarto de baño.
Maya parecía confundida. —Está por allá.
Emily cerró la torcida puerta del baño. Se sentó en el inodoro y se quedó
mirando la pintura en la pared, era una mujer Amish con un sombrero y un
vestido a los tobillos. Tal vez era una señal. Emily estaba siempre en busca de
signos que la ayudaran a tomar decisiones- en su horóscopo, en galletas de la
fortuna, como esas cosas al azar. Tal vez esta imagen quería decir, que debía ser
como los Amish. ¿No eran castos de por vida? ¿Sus vidas corrían
exasperantemente simples? ¿No quemaban en la hoguera a las niñas a las que
les gustaban otras chicas?
Y entonces su teléfono sono.
Emily lo sacó de su bolsillo y se preguntó si era su madre queriendo saber
dónde estaba Emily. La Sra. Fields estaba menos que contenta de que Emily y
Maya fueran amigas porque era, posiblemente racista. Imaginando si su mamá
supiera en lo que estaban hasta ahora.
El Nokia de Emily parpadeó, Un nuevo mensaje de texto. Hizo clic en LEER.
¡Em! Aún disfrutando de los mismos tipos de *actividades* con tus mejores amigas, ya
veo. Aunque la mayoría de nosotras ha cambiado totalmente, ¡es bueno saber que sigues
siendo la misma! ¿Vas a decirles a todos acerca de tu nuevo amor? ¿O lo hare yo?-A
—No —murmuró Emily.
Hubo un repentino zumbido detrás de ella. Saltó, chocando su cadera con el
fregadero. Era que alguien tiro de la cadena en la siguiente habitación. Luego
hubo algunos murmullos y risitas. Que parecían venir del desagüe del
fregadero.
—¿Emily? —llamó Maya—. ¿Todo bien?
—Uh... bien —Emily graznó. Ella se miró en el espejo. Sus ojos muy abiertos y
huecos, y su cabello rojizo-rubio estaba despeinado. Cuando finalmente salió
del baño, las luces dormitorio estaban apagadas y dibujaba los tonos. —Psssst
—Maya llamo desde la cama. Ella estaba seductoramente acostada de lado.
Emily miró alrededor. Estaba bastante segura de que Maya no había cerrado
aún la puerta. Todos esos chicos Rosewood comían la planta baja su desayuno...
—No puedo hacer esto —espetó Emily.
—¿Qué? —los deslumbrantemente dientes blancos de Maya brillaban en la
penumbra.
—Somos amigas —Emily se aplasto contra la pared—. Me gustas.
—Me gustas, también —Maya se pasó una mano sobre un brazo desnudo.
—Pero es todo lo que podemos ser en este momento —Emily aclaro—. Amigas.
La sonrisa de Maya desapareció en la oscuridad.
—Lo siento —Emily empujó rápidamente sus mocasines, poniéndolos en su pie
derecho y luego el izquierdo.
—Esto no significa que tengas que irte —Maya dijo en voz baja.
Emily la miró cuando llegó al picaporte. Sus ojos ya estaban ajustados a la luz,
y ella podía ver que Maya estaba desilusionada y confundida, y... y hermosa. —
Debo irme —Emily murmuró—. Llego tarde.
—¿Tarde para qué?
Emily no respondió. Se volvió hacia la puerta. Maya, como sospechaba no se
había molestado en cerrarla.

Capítulo 4

Hay verdad en el vino… o, en el caso de Aria,


Mientras Aria Montgomery se deslizaba dentro de la casa vanguardia
de su familia—la cual se destacaba en su típica calle de Rosewood
de neoclásicas Victorianas—ella escucho a sus padres hablando
silenciosamente en la cocina.
—Pero no entiendo —su madre, Ella—a sus padres les gustaba que Aria los
llamara por sus primeros nombres—estaba diciendo—. Me dijiste que podías ir
a la cena de los artistas la semana pasada. Es importante. Creo que Jason podría
comprar algunas de las pinturas que hice en Reykjavík.
—Es solo que ya estoy atrasado con mis papeles —su padre, Byron,
respondió—. No he determinado las clasificaciones todavía.
Ella suspiro. —¿Cómo es que tienen papeles y solo has tenido dos días de clase?
—Les di su primera asignación antes de que el semestre empezara. —Byron
sonaba distraído—. Te lo compensare, lo prometo. ¿Qué tal Otto’s? ¿El sábado
por la noche?
Aria cambio su peso en el vestíbulo. Su familia justo había retornado de estar
dos años en Reykjavík, Islandia, donde su padre había estado de año sabático
por enseñar en Hollis, la universidad liberal de arte de Rosewood. Había sido el
perfecto alivio temporal para todos ellos—Aria necesitaba el escape después de
que Ali desapareciera, su hermano, Mike, necesitaba algo de cultura y
disciplina, y Ella y Byron, quienes tenían días sin hablar, parecían haberse
vuelto a enamorar en Islandia. Pero ahora que estaban de nuevo en casa, todos
se estaban revirtiendo otra vez en sus disfuncionales maneras.
Aria paso a la cocina. Su padre se había ido, y su madre estaba parada cerca de
la isla, con la cabeza en sus manos. Cuando vio a Aria, brillo. —¿Cómo estas,
cariño? —pregunto cuidadosamente, tocando la tarjeta del funeral que habían
recibido en el servicio de Ali.
—Estoy bien —murmuro Aria.
—¿Quieres hablar de ello?
Aria sacudió su cabeza. —Luego, tal vez —ella huyo hacia la sala, sintiéndose
espástica y distraída, aunque había bebido seis latas de Red Bull. Y no era solo
por el funeral de Ali.
La semana pasada “A” se había burlado de Aria por uno de sus oscuros
secretos: En séptimo grado, Aria atrapo a su padre besando a una de sus
estudiantes, una chica llamada Meredith. Byron le había dicho a Aria que no le
dijera a su madre, y Aria nunca lo había hecho, aunque siempre se sentía
culpable por eso. Cuando “A” amenazo con contarle a Ella toda la fea verdad,
Aria había asumido que “A” era Alison. Fue Ali quien había estado con Aria
cuando ella atrapo a Byron y a Meredith, y Aria nunca le había dicho a nadie
más. Pero ahora Aria sabia que “A” no podía ser Alison, pero la treta de “A”
todavía estaba allá afuera, prometiendo arruinar la familia de Aria. Ella sabía
que debería decirle a Ella antes de que lo hiciera “A” pero ella no podía
obligarse a sí misma a hacerlo.
Aria camino hacia el porche trasero, pasando sus dedos a través de su largo
cabello negro. Un flash de blanco se asomo a través. Era su hermano, Mike,
corriendo alrededor del patio con su palo de lacrosse. —Hey —llamo ella,
teniendo una idea. Cuando Mike no respondió, ella camino hacia el césped y se
paro en su camino—. Voy al centro. ¿Quieres venir?
Mike hizo una cara. —El centro está lleno de hippies sucios. Además, estoy
practicando.
Aria rodo sus ojos. Mike estaba tan obsesionado con estar en el equipo de
lacrosse de Rosewood Day, que él ni siquiera se había molestado en cambiarse
su traje gris carbón antes de empezar a hacer dribles. Su hermano era tan típico
chico de Rosewood—con su gorra blanca de beisbol sucia, obsesionado con el
PlayStation, ahorrando para comprar una Jeep Cherokee verde-cazadora tan
pronto como cumpliera dieciséis. Desafortunadamente, no había
cuestionamiento en que compartían la misma reserva genética—ambos, Aria y
su hermano eran altos y tenían cabello azul-negro y rostros angulares
inolvidables.
—Bueno, voy a emborracharme —ella le dijo—. ¿Seguro que quieres practicar?
Mike redujo sus ojos azul-grisáceos hacia ella, procesando esto. —¿No me estas
arrastrando secretamente a una lectura de poesía?
Ella sacudió su cabeza. —Vamos al bar de universidad mas ordinario que
encontremos.
Mike se encogió de hombros y recostó su palo de lacrosse. —Vamos —dijo.
***
Mike cayó en una cabina. —Este lugar es genial.
Ellos estaban en la Cervecería Victoria—en efecto, el bar más ordinario que
pudieron encontrar. Estaba flanqueado por un salón de pircings y una tienda
llamada Hippie Gypsie que vendía “semillas hidropónicas”—codazo, codazo.
Había una mancha de vomito en la acera del frente, y un gorila medio-ciego, de
trescientas libras los había hecho entrar, demasiado absorto en la revista Dubs
para pedirles su identificación.
Adentro, el bar estaba oscuro y mugriento, con una sucia mesa de Ping-Pong en
la parte de atrás. Este lugar era bastante parecido a Snooker’s, el otro bar
mugriento de Hollis, pero Aria había prometido nunca poner un pie en
Snooker’s de nuevo. Ella conoció a un chico sexy llamado Ezra en Snooker’s
hace dos semanas, pero luego el termino siendo menos que un chico y mas que
un profesor de Inglés de clase avanzada—su profesor de Inglés de clase
avanzada. “A” le envió a Aria mensajes burlones acerca de Ezra, y cuando Ezra
accidentalmente vio lo que “A” había escrito, el asumió que Aria le estaba
diciendo a toda la escuela acerca de ellos. Así termino el romance de la facultad
de Rosewood de Aria.
Una mesera con enormes senos y trenzas de Heidi llego hasta su cabina y miro
a Mike sospechosamente. —¿Tienes veintiuno?
—Oh, sí —dijo Mike, plegando sus menos en la mesa—. En realidad tengo
veinticinco.
—Queremos una jarra de Amstel —interrumpió Aria, pateando a Mike debajo
de la mesa.
—Y —Mike añadió—, Yo quiero un shot. De Jaeger.
Trenzas de Heidi se veía adolorida, pero ella volvió con la jarra y el shot. Mike
bebió el Jaeger e hizo una cara fruncida y femenina. El golpeo el vaso de shot en
la mesa de madera con astillas y miro a Aria. —Creo que ya entendí porque has
estado tan loca —Mike había anunciado la semana pasada que pensaba que
Aria estaba actuando incluso más raro de lo usual, y prometió averiguar por
qué.
—Me estoy muriendo por saber —dijo Aria secamente.
Mike empujo juntos sus dedos en una torre, un gesto profesoral que su padre a
menudo hacia. —Creo que estas bailando secretamente en Turbulence.
Aria se rio tan fuerte, que la cerveza voló por sus canales nasales. Turbulence
era un club de striptease dos pueblos más abajo, al lado de un aeropuerto de
una sola línea.
—Un par de tipos dijeron que vieron a una chica entrando ahí que se veía justo
como tú —dijo Mike—. No tienes que guardarme el secreto a mí. Estoy bien.
Aria empujo discretamente su sostén tejido de mohair. Ella hizo uno para sí
misma, Ali, y sus viejas amigas en sexto grado, y había usado el suyo en el
memorial de Ali como un tributo. Desafortunadamente, en sexto grado, las
medidas de Aria eran al menos una copa más pequeña, y el mohair picaba
como el infierno. —¿Te refieres a que no crees que estoy actuando raro porque:
a) volvimos a Rosewood y lo odio, y b) mi antigua mejor amiga está muerta?
Mike se encogió de hombros. —Pensé que realmente no te agradaba esa chica.
Aria se dio la vuelta. Existieron momentos donde a ella realmente no le
agradaba Ali, eso era verdad. Especialmente cuando Ali no la tomaba muy en
serio, o cuando acosaba a Aria por detalles acerca de Byron y Meredith.
—Eso no es cierto —mintió.
Mike vertió más cerveza en su vaso. —¿No es horrible que ella estaba, como,
abandonada en el suelo? Y, como que, ¿el concreto estaba vertido encima de
ella?
Aria hizo una mueca de dolor y cerró los ojos. Su hermano no tenía nada de
tacto.
—¿Entonces crees que alguien la mato? —pregunto Mike.
Aria se encogió de hombros. Era una pregunta que la había estado acosando—
una pregunta que nadie más había preguntado. En el memorial de Ali, nadie
llego y dijo que Ali había sido asesinada, solo que había sido encontrada. ¿Pero
que mas pudo haber sido además de asesinato? Un minuto, Ali estaba en la
pijamada. Al siguiente, desapareció. Tres años después, su cuerpo apareció en
un agujero en su patio trasero.
Aria se pregunto si “A” y el asesino de Ali estaban conectados—y si la aventura
estaba enredada con “La Cosa de Jenna”.
Cuando el accidente de Jenna paso, Aria pensó que vio a alguien además de a
Ali en la base de la casa del árbol de Tobey. Más tarde esa noche, Aria estaba
sorpresivamente despierta por la visión y decidió que necesitaba preguntarle a
Ali respecto a ello.
Ella la encontró a ella y a Spencer susurrando detrás de la puerta cerrada del
baño, pero cuando Aria pregunto si podía entrar, Ali le dijo que regresara a
dormir. Por la mañana, Tobey había confesado.
—Apuesto a que el asesino es como, alguien fuera del campo izquierdo —dijo
Mike—. Como… alguien que nunca adivinaras ni en un trillón de años —sus
ojos se iluminaron—. ¿Qué tal la Sra. Craycroft?
La Sra. Craycroft era su antigua vecina de la derecha. Una vez ella ahorro $5,000
en monedas en tazas Poland Spring y posteriormente intentó cambiarlas por
efectivo en una maquina de cambio de dinero cercana. Las noticias locales
hicieron una historia sobre ella y todo. —Sip, resolviste el caso —Aria dijo
inexpresivamente.
—Bueno, alguien así —Mike tamborileo sus dedos nudosos en la mesa—.
Ahora que se lo que ocurre contigo, puedo concentrar mi atención en Ali D.
—Ve por ello —si los policías no fueron lo suficientemente eficientes para
encontrar a Ali en su propio patio trasero, Mike podría intentar poner su mano
en ello—. Estoy pensando que necesitamos jugar algo de cerveza-pong —dijo
Mike, y antes de que Aria pudiera responder, el ya había recolectado algunas
pelotas de Ping-Pong y un vaso de cerveza vacio—. Este es el juego favorito de
Noel Kahn.
Aria sonrió. Noel Kahn era uno de los chicos más ricos de la escuela y el chico
Rosewood por excelencia, lo que básicamente lo hacia el ídolo de Mike. Y,
ironía de todas las ironías, el parecía sentir algo por Aria, por lo cual ella estaba
poniendo su mayor esfuerzo en destruir.
—Deséame suerte —dijo Mike, sosteniendo de una vez la pelota de Ping-Pong.
El fallo el tiro, enviando la pelota a rodar de la mesa al piso.
—Tómatela hasta el fondo —Aria canturreo, y su hermano envolvió sus manos
alrededor de su cerveza y vertió toda la cosa hacia abajo por su garganta.
Mike intento por segunda vez meter la pelota de Ping-Pong en el vaso de Aria
pero fallo de nuevo—. ¡Apestas! —Aria se burlo, la cerveza empezando a hacer
que se sintiera un poco mareada.
—Como si tú fueras mejor —Mike replico.
—¿Quieres apostar?
Mike resoplo. —Si no lo logras, tienes que meterme en Turbulence. Yo y Noel.
Pero no mientras estas trabajando —él añadió rápidamente.
—Si lo logro, tienes que ser mi esclavo por una semana. Eso también significa
durante la escuela.
—Hecho —dijo Mike—. No vas a lograrlo, así que no importa.
Ella movió el vaso hacia el lado de la mesa de Mike y apunto. La pelota se
desvió de una de las muchas abolladuras de la mesa y aterrizo limpiamente en
el vaso, ni siquiera chocando con los lados en su camino para entrar. —¡Ah! —
Aria grito—. ¡Vas a caer!
Mike se veía asombrado. —Fue un tiro de suerte.
—¡Lo que sea! —Aria rió alegremente—. Así que, me estaba preguntando…
¿Debería hacerte arrastrarte detrás de mí en la escuela? ¿O usar el faldur de
mamá? —ella soltó una risita. El faldur de Ella era un tradicional sombrero
puntiagudo Islandés que hacía que el que lo usara pareciera un elfo
trastornado.
—Jodete —Mike saco la pelota de Ping-Pong de su vaso. Se deslizo de sus
manos y reboto lejos de ellos.
—Yo la busco —Aria ofreció. Se paro, sintiéndose placenteramente mareada. La
pelota había rodado todo el camino hasta el frente del bar, y Aria se agacho en
el piso para conseguirla. Una pareja paso junto a ella, deslizándose en los
discretos y parcialmente bloqueados asientos de la esquina. Aria noto que la
chica tenía largo cabello oscuro y un tatuaje de telaraña rosado en su muñeca.
El tatuaje era familiar. Muy familiar. Y cuando ella le susurro algo al tipo con el
que estaba, el empezó a toser maniáticamente. Aria se enderezo.
Era su padre. Y Meredith.
Aria se dirigió de nuevo hacia Mike. —Nos tenemos que ir.
Mike rodo sus ojos. —Pero acabo de pedir un segundo shot de Jaeger.
—Lastima —Aria agarro su chaqueta—. Nos vamos. Ahora —ella tiro cuarenta
dólares en la mesa y empujo del brazo de Mike hasta que se paro. El estaba un
poco tambaleante, pero ella se manejo para empujarlo a través de la puerta.
Desafortunadamente, Byron eligió ese justo momento para dejar salir una de
sus muy distintivas risas, la cual Aria siempre decía que sonaba como una
ballena moribunda. Mike se congelo, reconociéndolo también. El rostro de su
padre se volteo hacia un lado, y estaba tocando la mano de Meredith a través de
la mesa.
Aria observo a Mike reconociendo a Byron. El frunció su frente. —Espera —él
chirrió, mirando confusamente a Aria. Ella quería que su rostro se viera
despreocupado, pero en vez de eso, sintió las esquinas de su boca curvarse
hacia abajo.
Ella sabía que estaba haciendo la misma cara que Ella hacia cuando ella
intentaba proteger a Aria o a Mike de cosas que podrían lastimarlos.
Mike redujo sus ojos hacia ella, luego miro de nuevo a su padre y a Meredith. El
abrió su boca para decir algo, luego la cerro, tomando un paso hacia ellos. Aria
lo alcanzo para detenerlo—ella no quería que esto pasara ahora. Ella no quería
que esto pasara nunca. Luego Mike volvió de acero su mandíbula, le dio la
espalda a su papá, y salió fuera de Victoria, chocando contra su mesera
mientras salía.
Aria se empujo por la puerta detrás de él. Ella entrecerró los ojos por la brillante
luz de la tarde del estacionamiento, mirando hacia atrás y adelante mientras
buscaba a Mike. Pero su hermano se había ido.

Capítulo 5

Una casa dividida


Spencer se despertó en el suelo de su baño de arriba, sin idea de cómo
había llegado hasta allí. El reloj de la radio de la ducha dijo 6:45 pm, y
fuera de la ventana, el sol de la tarde proyectaba largas sombras en su
patio. Seguía siendo lunes, el día del funeral de Ali. Ella se debía de haber
dormido... y andado sonámbula. Ella solía ser una sonámbula crónica – se puso
tan mal que en el séptimo grado, tuvo que pasar una noche en la Clínica de
Evaluación de Sueño de la Universidad de Pensilvania con su cerebro
conectado a electrodos. Los médicos dijeron que sólo era estrés.
Se levantó y se echó agua fría sobre la cara, mirándose en el espejo: pelo largo y
rubio, ojos verde esmeralda, barbilla puntiaguda. Su piel era impecable y sus
dientes estaban radiantemente blancos. Era absurdo que no se viera tan
destrozada como se sentía.
Repasó la ecuación de nuevo en su cabeza: “A” sabía lo de Toby y “La Cosa de
Jenna”. Toby estaba de vuelta. Por lo tanto, Toby tenía que ser “A”. Y le estaba
diciendo a Spencer que mantuviera la boca cerrada. Era la misma tortura de
sexto grado, de nuevo.
Ella volvió a su dormitorio y apoyó la frente en la ventana. A su izquierda
estaba el molino de viento privado de su familia—que hacía tiempo que había
dejado de funcionar, pero a sus padres les encantaba como les daba a su
propiedad un aspecto rústico, y auténtico. A su derecha, la cinta de No
Traspasar todavía estaba sobre todo el DiLaurentis césped. El santuario de Ali,
que consistía en flores, velas, fotos, y otras chucherías en honor de Ali, había
aumentado de tamaño, para tomar todo el callejón sin salida.
Cruzando la calle desde allí estaba la casa de los Cavanaugh. Dos coches en el
camino de entrada, una pelota de baloncesto en el patio, la bandera roja izada
en el buzón. Desde el exterior, todo parecía tan normal. Pero por dentro...
Spencer cerró los ojos, recordando el mayo de séptimo grado, un año después
de la Cosa de Jenna. Se había subió al tren de SEPTA destino a Philadelphia
para encontrarse con Ali en la ciudad para ir de compras. Estaba tan ocupada
enviando mensajes de texto a Ali sobre sus flamantes Sidekick que pasaron
cinco o seis paradas antes de que ella notara que había alguien a través del
pasillo. Era Toby. Mirándola fijamente.
Sus manos empezaron a temblar. Toby había estado de intercambio durante
todo el año, por lo que Spencer no lo había visto en meses. Como de costumbre,
su cabello caía le sobre los ojos y llevaba unos auriculares enormes, pero algo en
él aquel día parecía más fuerte... Daba más miedo.
Todos los sentimientos de culpa, ansiedad sobre “La Cosa de Jenna” que
Spencer había tratado de enterrar le inundaron de nuevo. Voy a atraparte. Ella no
quería estar en el mismo coche de tren que él. Ella deslizó una pierna en el
pasillo, luego la otra, pero el conductor salió bruscamente en su camino. —¿Va
a la calle Treinta o al Mercado Este? —resonó.
Spencer se echó atrás. —Treinta —susurró. Cuando el conductor pasó, miró a
Toby otra vez. Su rostro floreció en una enorme y siniestra sonrisa. Una fracción
de segundo después, su boca se volvió impasible de nuevo, pero sus ojos
decían, Tu. Solo. Espera.
Spencer se levantó disparada y se trasladó a otro coche. Ali estaba esperando en
el andén de la calle Treinta, y cuando miraron hacia atrás al tren, Toby estaba
mirándolas directamente.
—Veo que alguien ya salió de su pequeña prisión —dijo Ali con una sonrisa.
—Sí —Spencer trató de reírse—. Y él sigue siendo un perdedor con un P
mayúscula.
Pero unas semanas más tarde, Ali desapareció. Y entonces no era tan divertido.
Un ruido como un silbido procedente del ordenador de Spencer la hizo saltar.
Era su nueva alerta por e-mail. Ella camino con ritmo nervioso a su ordenador e
hizo un doble clic en el nuevo mensaje.
Hola, amor. No he hablado contigo en dos días, y me estoy volviendo loco echándote de
menos. – Wren.
Spencer suspiró, una sensación de aleteo nervioso la atravesó. En el momento
en que ella había puesto los ojos en Wren – su hermana lo llevó a conocer a sus
padres en un restaurante familiar – algo le había pasado.
Fue como... como si le hubiera puesto una maldición sobre ella el segundo en
que se sentó en Moshulu, tomó un sorbo de vino tinto, y encontró sus ojos. Él
era británico, exótico, ingenioso e inteligente, y le gustaban los mismos grupos
indie que a Spencer. Solo que se equivocaba con su niñita de papa, remilgada-yperfecta
hermana Melissa. Pero era tan perfecto para Spencer. Ella lo sabía... y al
parecer él también.
Antes de que Melissa los pillara besándose el viernes por la noche, ella y Wren
habían experimentado unos increíbles veinte minutos de pasión. Pero debido al
chivatazo de Melissa, y porque los padres de Spencer siempre se ponían de su
parte, le prohibieron a Spencer ver a Wren nunca más. Ella se estaba volviendo
loca echándole de menos, también, ¿pero que se suponía que iba a hacer?
Sintiéndose débil e inestable, bajó por las escaleras y pasó la larga, estrecha
galería de arte donde su madre mostraba los paisajes de Thomas Cole que había
heredado de su abuelo. Se metió en la espaciosa cocina de su familia. Sus
padres la habían restaurado para que se viera justo como lo había hecho sobre
1800—excepto por las encimeras renovadas y electrodomésticos de última
generación. Su familia estaba reunida en la mesa de la cocina alrededor de los
paquetes de comida tailandesa para llevar.
Spencer vaciló en el umbral de la puerta. Ella no había hablado con ellos desde
antes del funeral de Ali – ella condujo hasta allí sola y apenas los había visto
después en el césped. En realidad, ella no había hablado con su familia desde
que le regañaron sobre Wren hacía dos días, y ahora la habían rechazado de
nuevo al empezar a cena sin ella. Y tenían compañía. Ian Thomas, antiguo
novio de Melissa – y el primero de los ex de Melissa que Spencer había besado –
estaba sentado en el que debería haber sido el asiento de Spencer.
—Oh —exclamó ella.
Ian fue el único que levantó la vista. —¡Hey, Spence! ¿Cómo estás? —le
preguntó, como si comiera en la cocina de los Hastings todos los días. Ya era
bastante difícil para Spencer que Ian fuera el entrenador de su equipo de
hockey en Rose Wood – pero esto era raro.
—Estoy… bien —dijo Spencer, mirando socarronamente al resto de su familia,
pero nadie la estaba mirando... o explicando por qué estaba Ian engullendo
comida tailandesa en su cocina. Spencer acercó una silla de la esquina a la mesa
y empezó a servirse una cucharada de pollo con hierbas de limón—. Así que,
uhm, Ian. ¿Vas a cenar con nosotros?
La Sra. Hastings la miró bruscamente. Spencer cerró la boca, un caliente,
desagradable sentimiento la recorrió.
—Nos encontramos en la, eh, memoria —explicó Ian. Una sirena le
interrumpió, e Ian dejó caer el tenedor. El ruido era más probable que viniera
de la casa de DiLaurentis. Patrullas de la policía habían ido allí sin parar—. De
locos, ¿eh? —dijo Ian, pasándose una mano por su rizado pelo rubio—. Yo no
sabía que tantos coches de policía todavía estarían aquí.
Melissa le dio un ligero codazo. —¿Ustedes tendrán grandes registros
policiales, viviendo allí en la peligrosa California? —Melissa e Ian habían roto
porque él se había trasladado a la otra punta del país para ir a la universidad de
Berkeley.
—Nah —dijo Ian. Antes de que pudiera continuar, Melissa, de la típica forma
de Melissa, se había pasado a otra cosa: ella misma. Se volvió hacia la Sra.
Hastings—. Así que, mamá, las flores del servicio tenían el mismo color del que
quiero pintar las paredes de mi sala de estar.
Melissa alcanzó una revista de Martha Stewart Living y la abrió por una página
marcada. Estaba constantemente hablando de renovaciones en su casa; estaba re
decorando su casa de la ciudad de Philadelphia que sus padres le compraron
como premio por entrar en el colegio de empresariales Warthon, de la
Universidad de Pensilvania. Ellos nunca harían algo así por Spencer.
La Sra. Hastings se acercó para mirar. —Encantador.
—Muy bonito —coincidió Ian.
Una risa incrédula escapó de la boca de Spencer. Hoy era el funeral en memoria
de Alison DiLaurentis, ¿y todo en lo que podían pensar era hablar de colores de
pintura?
Melissa se volvió a Spencer. —¿Qué era eso?
—Bueno... quiero decir... —Spencer tartamudeó. Melissa parecía ofendida,
como si Spencer acabara de decir algo realmente grosero. Ella giró
nerviosamente el tenedor—. Olvídalo.
Hubo otro silencio. Incluso Ian parecía desconfiar de ella ahora. Su padre tomó
un delicioso sorbo de vino. —Verónica, ¿has visto a Liz allí?
—Sí, hablé con ella un rato —dijo la madre de Spencer—. Pensé que se veía
fantástica… teniendo en cuenta… —por Liz, Spencer suponía que se referían a
Elizabeth DiLaurentis, la tía más bien joven de Ali que vivía en la zona.
—Debe de ser terrible para ella —dijo Melissa solemnemente—. No me lo
puedo imaginar.
Ian hizo un empático uhm. Spencer sintió temblar su labio inferior. Hola, ¿qué
hay de mí? Quería gritar. ¿No lo recuerdan? ¡Yo era la mejor amiga de Ali!
Con cada minuto de silencio, Spencer se sentía más inoportuna. Ella esperó a
que alguien le preguntara cómo se sostenía, ofrecerle un trozo de tempura frita,
o al menos decirle: Bendita seas, cuando estornudó. Pero todavía estaban
castigándola por besar a Wren. A pesar de que hoy era... hoy.
Un nudo se formó en su garganta. Ella estaba acostumbrada a ser la favorita de
todos: sus profesores, sus entrenadores de hockey, su editor del anuario. Hasta
su peluquera, Uri, dijo que era su clienta favorita porque su pelo tomaba tan
bien el color. Ella había ganado toneladas de premios en la escuela y tenía 370
amigos en MySpace, sin contar grupos. Y mientras que ella nunca podría ser la
favorita de sus padres—era imposible eclipsar a Melissa—ella no podía
soportar que la odiaran. Especialmente no ahora, cuando todo lo demás en su
vida era tan inestable.
Cuando Ian se levantó y se excusó para hacer una llamada telefónica, Spencer
tomó aire profundamente. —¿Melissa? —su voz se quebró.
Melissa levantó la vista, entonces volvió a empujar sus fideos tailandeses
alrededor de su plato.
Spencer se aclaró la garganta. —¿Puedes hacer el favor de hablarme?
Melissa apenas se encogió de hombros.
—Quiero decir, no puedo... no puedo soportar que me odies. Tenías toda la
razón. Acerca de...ya sabes —sus manos se sacudían tan mal, las mantuvo
acurrucadas bajo sus muslos. Disculparse la ponía nerviosa.
Melissa cruzó las manos sobre sus revistas. —Lo siento —dijo ella—. Creo que
está fuera de la cuestión —ella se levantó y llevó su plato al fregadero.
—Pero… —Spencer tuvo una sacudida. Ella miró a sus padres—. Lo siento
mucho, chicos... —ella sentía las lágrimas brotar de sus ojos.
La cara de su padre tenía un mínimo atisbo de simpatía, pero rápidamente
desvió la mirada. Su madre rebañó el pollo con hierbas de limón que sobraba en
un recipiente Tupperware. Se encogió de hombros. —Has hecho tu cama,
Spencer —dijo ella, levantándose y llevando las sobras a la enorme nevera de
acero inoxidable.
—Pero…
—Spencer —el Sr. Hastings usó su voz de deja de hablar.
Spencer apretó su boca para cerrarla. Ian volvió con paso cómodo de nuevo a la
habitación, una gran, estúpida sonrisa en su cara. Sintió la tensión y su sonrisa
se marchitó.
—Vamos —Melissa se levantó y lo tomó del brazo—. Vayamos afuera por el
postre.
—Claro —Ian dio una palmada en el hombro de Spencer—. ¿Spence?
¿Quieres venir?
Spencer no quería en realidad – y además Melissa le dio un codazo, al parecer
ella no quería, tampoco, pero no tuvo la oportunidad de responder. La Sra.
Hastings dijo rápidamente: —No, Ian, Spencer no va a tomar postre —su tono
de voz era el mismo que usaba cuando reprendía a los perros.
—Gracias de todos modos —dijo Spencer, tragándose las lágrimas. Para
convertirse en acero a sí misma, se llevó un enorme bocado de curry de mango
a la boca. Sin embargo, se deslizó por su garganta antes de que pudiera tragar,
la espesa salsa quemando mientras bajaba. Finalmente, después de hacer una
serie de horribles ruidos, Spencer lo escupió sobre su servilleta. Pero cuando las
lágrimas de sus ojos se despejaron, vio que sus padres no se habían acercado
para asegurarse de que no se atragantaba. Ellos simplemente dejaron la
habitación.
Spencer se secó los ojos y miró el pegote repugnante masticado, el mango lleno
de saliva en la servilleta. Se veía exactamente igual que como se sentía por
dentro.

Capítulo 6

La caridad no es tan dulce


El martes por la tarde, Hanna se ajustó el camisón color crema que se había
colocado justo después de la escuela y subió las escaleras de la clínica de
cirugía plástica y rehabilitación de quemaduras William Atlantic. Si vienes a
este lugar para rehabilitación de quemaduras lo llamas William Atlantic. Si vienes por
una lipo lo llamas Bill Beach.
El edificio se levantaba en el bosque, donde solo podías observar un pedacito del cielo
azul por sobre los majestuosos árboles. Todo olía a flores silvestres. Era una perfecta
tarde de otoño para ir al Country Club y ver a los chicos jugar tenis. Era la tarde
perfecta para salir a trotar seis millas y rebajar la caja de Cheez-Its que se había comido
la noche anterior, cosa que hizo porque estaba volviéndose loca con la visita de su
papá. Quizás hasta era la tarde perfecta para cuidar a los gemelos de seis años de edad
de al lado. Cualquier cosa podía ser mejor que lo que iba a hacer: ser voluntaria en una
clínica.
Voluntariado era una palabra de cuatro letras para Hanna. Su último intento de hacer
caridad fue en el desfile de modas durante el séptimo grado en la escuela Rosewood
Day. Las chicas de Rosewood tenían que vestirse con ropa de diseñador y desfilar en el
escenario; la gente haría ofertas por sus trajes, y el dinero se destinaría a actos de
caridad. Ali vistió una hermosa chaqueta de Calvin Klein y un vestido talla cero que
recaudó más de $1000, Hanna, por otra parte, vistió una ordinaria prenda con colores
fosforescentes de Betsey Johnson que la hacía ver más gorda de lo que ya estaba. La
única persona en ofertar por su traje fue su papá. Una semana después, sus padres se
estaban divorciando.
Y ahora su papá había regresado. O algo así.
Cuando Hanna pensó en la visita de ayer de su papá, se sintió mareada, ansiosa y
molesta, todo al mismo tiempo. Desde su transformación, había soñado con el
momento de volverlo a ver. Seria delgada, popular y confiada. En sus sueños, el
siempre volvía con Kate, quien habría engordado y, en comparación, Hanna luciría
mejor.
—Oof —lloró. Alguien había salido por la puerta cuando ella estaba a punto de entrar.
—Ten cuidado por dónde vas —dijo la persona. Hanna levantó la vista. Estaba parada
en la puerta de vidrio doble, junto a una planta de flores. Saliendo por la puerta
estaba... Mona.
La boca de Hanna se abrió. Mona tenía el mismo rostro sorprendido. Se miraron
mutuamente. —¿Qué haces aquí?
—Visitando un amigo de mi madre —Mona se quitó su cabello rubio de su hombro
lleno de pecas—. ¿Y tú?
—Uhm, lo mismo —Hanna miró a Mona cuidadosamente. Su detector de mentiras le
decía que probablemente estaba mintiendo. Pero quizás Mona podía sentir lo mismo
en ella.
—Bueno, me voy —Mona se despidió—. Te llamo luego.
—Bien —murmuró. Caminaron en direcciones opuestas. Hanna se volteó y miró en
dirección hacia Mona, solo para ver que ella estaba mirándola sobre su hombro.
—Ahora, presta atención —dijo Ingrid, la jefa de las enfermeras. Estaban en un salón
de exámenes, e Ingrid le estaba enseñando como cambiar las bolsas de los botes de
basura. Como si fuera difícil.
Cada salón de exámenes estaba pintado de verde guacamole, y los únicos posters en la
pared eran de enfermedades de la piel. Ingrid le asignó la limpieza de la sala de espera;
algún día, si lo hacía todo bien, le podría permitir limpiar los cuartos donde están los
pacientes, donde victimas de serias quemaduras se recuperan. Suertuda ella.
Ingrid sacó la bolsa de basura. —Esto va al vertedero de basura azul que está en la
parte de atrás del edificio. Debes vaciar los botes de desechos infecciosos también —
señalo a un bote que lucía exactamente igual a los demás—. Deben estar separados de
la basura regular todo el tiempo. Y debes vestir esto —le alcanzó un par de guantes de
látex. Hanna los miró como si estuvieran cubiertos en desechos infecciosos.
Luego, Ingrid le señaló al pasillo. —Hay otras diez habitaciones aquí —explicó —.
Extrae la bolsa de basura y limpia el contenedor, cuando termines me buscas.
Tratando de no respirar, ya que le molestaba el olor a antiséptico de los hospitales,
Hanna buscó en el closet de utilidades más bolsas de basura. Miró por el pasillo,
preguntándose donde estarían las habitaciones de los pacientes. Jenna había sido
paciente aquí. Muchas cosas la habían hecho pensar en el asunto de Jenna el último día,
a pesar de que seguía intentando sacarla de su mente. La idea de que alguien supiera, y
lo pudiese decir, era algo que ni siquiera podía comprender.
A pesar de que lo de Jenna había sido un accidente, Hanna a veces sentía como si no lo
hubiese sido exactamente. Ali le había dado a Jenna un apodo: Nieve, como Blanca
Nieves, porque Jenna tenía un gran parecido con el personaje de Disney.
Hanna también pensaba que Jenna se parecía a Blanca Nieves. Jenna no era tan
perfecta como Ali, pero había algo extrañamente lindo en ella. Una vez se le ocurrió
que el único personaje que realmente se parecía a Blanca Nieves era Dopey Dwarf.
Sin embargo, Jenna era uno de los blancos favoritos de Ali, tanto que en sexto grado,
Ali difundió un rumor sobre los senos de Jenna y el papel higiénico del tocador de las
chicas. También derramó un poco de agua en el asiento de Jenna para que pareciera
que tenía incontinencia. Se burló del acento francés que había adoptado Jenna para la
clase de Francés II... Y cuando los paramédicos se la llevaron fuera de la casa del árbol,
Hanna se sintió enferma. Había sido la primera que estuvo de acuerdo con hacerle una
travesura a Toby. Quizás si le hacían una travesura primero a Toby, podíamos hacérsela a
Jenna también. Era como si fuese su intención que esto le sucediera.
Las puertas automáticas al final del pasillo se abrieron, sacándola de sus pensamientos.
Se congeló, y su corazón se aceleró, deseando que fuera Sean, pero no lo era. Frustrada,
sacó su Blackberry del bolsillo y marcó su número. Saltó el buzón de voz y Hanna
colgó. Volvió a marcar de nuevo, pensando que quizás no había alcanzado su teléfono
a tiempo, pero el buzón de voz sonó de nuevo.
—Hey, Sean —dijo después del bip, tratando de sonar despreocupada—. Soy Hanna
de nuevo. Realmente me gustaría hablar, eh, ya sabes dónde encontrarme.
Le dejó tres mensajes esa tarde para que supiera que estaría allí esa tarde, pero Sean no
había respondido. Se preguntaba si estaría en una reunión del Club V. Recientemente
se había unido a un club de virginidad comprometida, votando por no tener sexo.
Quizás la llamaría cuando terminara. O... quizás no lo haría. Hanna tragó, tratando de
sacar las posibilidades de su cabeza.
Miró a su alrededor y caminó hasta el closet de suplementos de empleados. Ingrid
había colgado el bolso Ferragamo de Hanna al lado de uno color vino a rayas de Gap.
Suprimió su urgencia de temblar. Lanzó su teléfono dentro del bolso, tomó un rollo de
papel higiénico y una botella de aerosol y encontró una habitación vacía. Quizás hacer
su trabajo la mantendría lejos del pensamiento de Sean y A. Cuando terminó de
limpiar el lavamanos accidentalmente tropezó con un gabinete de metal que estaba
justo a su lado. Dentro de los estantes había muchos nombres familiares para ella.
Tylenol 3. Vicodin. Percocet. Hanna miró más profundamente. Había muchas muestras
de drogas. Allí... allí en el gabinete. Sin llave. Premio gordo.
Rápidamente tomó un puñado de Percocet y las metió en los bolsillos de su cárdigan.
Al menos, podría tener un divertido fin de semana con Mona gracias a esto.
Luego alguien posó su mano en el hombro de Hanna. Saltó y se dio vuelta, tropezando
con un envase lleno de algodones y tirándolo al suelo.
—¿Qué estás haciendo en la habitación numero dos? —la enfrentó Ingrid. Estaba
molesta.
—Solo... solo estaba tratando de ayudar —tiró rápidamente el papel en el bote de
basura y esperó que el Percocet se quedara en su bolsillo. El cuello le ardía donde
Ingrid le había tocado.
—Bueno, ven conmigo —dijo Ingrid. —Hay algo en tu bolso que está haciendo ruido.
Está molestando a los pacientes.
—¿Estas segura de que está en mi bolso? —preguntó. —Yo hace poco estaba allá, y...
Ingrid llevó a Hanna hasta el closet. Ahora estaba segura de que ese sonido si provenía
de su bolso. —Es solo mi celular —el espíritu de Hanna se animó. Quizás Sean había
llamado.
—Bueno, por favor haz que se calle —Ingrid la observó—. Y luego regresa al trabajo.
Sacó su BlackBerry para ver quien estaba llamando. Tenía un nuevo mensaje de texto.
Hannakins: Limpiar los suelos en Bill Beach no te hará recuperar tu vida. Ni siquiera si puedes
limpiar todo el desastre de ese lugar. Y además, sé algo sobre ti que jamás te permitirá ser la
chica Rosewood que quieres ser
-siempre- A
Hanna miró alrededor del la habitación, confundida. Leyó la nota otra vez, su garganta
estaba seca y pegajosa. ¿Qué podría saber “A” qué le garantizaba eso?
Jenna.
Si A supiera eso...
Hanna rápidamente escribió una respuesta en el teclado de su teléfono: Tú no sabes
nada. Le dio al botón de enviar, y a los pocos segundos “A” respondió:
Lo sé todo. Te podría ARRUINAR.

Capítulo 7

O capitana, mi capitana

El martes por la tarde, Emily oscilaba en el umbral de la puerta de la
entrenadora Lauren.
—¿Puedo hablar con usted?
—Bueno, sólo tengo un par de minutos hasta que tenga que darle esto a los
funcionarios —dijo Lauren, levantando su lista de nominados. Hoy era el
Rosewood Tank, la primera competencia de natación de la temporada. Se
suponía que era un encuentro de exhibición amistoso, todos los colegios
privados del área estaban invitados y no había puntuaciones, pero Emily
normalmente se ahorraba eso y tenía el nerviosismo pre-competencia de la
misma forma. Pero no esta vez.
—¿Qué pasa, Fieldsy? —preguntó Lauren.
Lauren Kinkaid estaba en sus tempranos treinta, tenía el cabello un tanto rubio
y permanentemente dañado por el cloro, y llevaba camisetas con lemas
motivadores sobre natación como “COME NUESTRAS BURBUJAS” y “PUSE
EL ESTILO EN EL ESTILO LIBRE”. Había sido la entrenadora de natación de
Emily seis años. Primero, en la Liga Renacuajo, luego en el curso largo, y ahora
en Rosewood Day. No muchas personas conocían a Emily tan bien, no lo
suficientemente bien como para llamarla “Fieldsy”, o como para saber que su
comida favorita pre-natación era el filete a la pimienta de China Rose, o para
saber que cuando el nado mariposa de Emily era tres décimas de segundo más
rápido, quería decir que tenía el periodo. Esto hacía que lo que Emily estaba a
punto de decir fuera mucho más difícil.
—Quiero renunciar —dijo inesperadamente Emily.
Lauren parpadeó. Parecía aturdida, como si alguien le hubiera dicho que la
piscina estaba llena de anguilas eléctricas.
—¿Por… por qué?
Emily miró fijamente el suelo de linóleo con diseño de tablero de ajedrez. —Ya
no es divertido.
Lauren dejó salir el aire de sus mejillas. —Bueno, no siempre es divertido.
Algunas veces es trabajo.
—Lo sé. Pero… simplemente ya no quiero hacerlo.
—¿Estás segura?
Emily suspiró. Pensaba que estaba segura. La semana pasada estaba segura.
Había estado nadando desde hace años, sin preguntarse si le gustaba o no. Con
la ayuda de Maya, Emily había reunido el coraje para admitirse a sí misma, y a
sus padres, que quería renunciar. Desde luego, eso fue antes de… todo. Ahora,
se sentía más como un yo-yo que nunca. Un minuto, quería renunciar. Al
siguiente, quería su vida normal de chica buena de regreso, la vida donde iba a
nadar, salía con su hermana Carolyn los fines de semana, y pasaba horas
perdiendo el tiempo haciendo tonterías en el autobús con sus compañeros de
equipo y leyendo el libro del horóscopo de cumpleaños. Y entonces quería la
libertad de seguir sus propios intereses de nuevo. Excepto… que ¿Cuáles eran
sus intereses, además de nadar?
—Me siento realmente exhausta —finalmente ofreció Emily, tratando de
explicárselo.
Lauren sostuvo su cabeza con su mano. —Te iba a hacer capitana.
Emily se quedó con la boca abierta. —¿Capitana?
—Bueno, si —Lauren presionaba y soltaba su bolígrafo—. Pensé que lo
merecías. Eres una verdadera jugadora de equipo, ¿sabes? Pero si no quieres
nadar, entonces…
Ni siquiera sus hermanos mayores Jake y Beth, quienes habían nadado los
cuatro años de secundaria, y habían conseguido becas para la universidad,
habían sido capitanes. Lauren enrolló su silbato alrededor de su dedo. —¿Y si te
lo pongo fácil por un tiempo? —tomó la mano de Emily—. Sé que ha sido duro.
Con tu amiga…
—Sí —Emily miró fijamente hacia el póster de Michael Phelps de Lauren,
esperando no comenzar a llorar otra vez. Cada vez que alguien mencionaba a
Ali, que era aproximadamente una vez cada diez minutos, su nariz y ojos se
ponían nerviosos.
—¿Qué dices? —la persuadió Lauren.
Emily pasó su lengua por la parte de atrás de sus dientes. Capitana. Seguro, era
la campeona estatal en los 100 metros mariposa, pero Rosewood Day tenía un
equipo malditamente bueno. Lanie Iler llegó quinta en los 500 metros estilo
libre en las Nacionales Junior, y Stanford ya le había prometido a Jenny Kestler
un viaje completo el próximo año. Que Lauren eligiera a Emily sobre Lanie o
Jenny quería decir algo. Tal vez era un signo de que su vida de yo-yo debía
regresar a la normalidad.
—Está bien —se escuchó diciendo.
—Maravilloso —Lauren le dio palmaditas a su mano. Ella se dirigió hacia una
de sus muchas cajas de cartón con camisetas y le entregó una a Emily. —Para ti.
Un regalo por el comienzo de la temporada.
Emily la estiró. Decía “CHICAS GAYS: ESCURRIDIZAS CUANDO ESTÁN
MOJADAS”. Miró hacia Lauren, con su algodonosa garganta seca. Lauren ¿lo
sabía?
Lauren levantó la cabeza. —Es una referencia al estilo —dijo lentamente—. Ya
sabes, ¿mariposa?
Emily miró otra vez hacia la camiseta. No decía chicas GAY. Decía las chicas
VUELAN. —Oh —croó, doblando la camiseta—. Gracias.
Dejó la oficina de Lauren y caminó por el vestíbulo de la piscina con las piernas
temblorosas. La habitación estaba abarrotada de nadadores, todos aquí por la
Tank. Entonces, ella se detuvo, repentinamente consciente de que alguien
estaba mirando hacia ella. A través de la habitación, vio a Ben, su ex novio,
apoyándose contra la vitrina de trofeos. Su mirada era tan intensa que no
parpadeaba. La piel de Emily picaba y el calor subió por sus mejillas. Ben sonrió
burlonamente y le susurró algo a su mejor amigo, Seth Cardiff. Seth rió, echó
otro vistazo hacia Emily, y le susurró algo de regreso a Ben. Entonces ambos se
rieron.
Emily se escondió detrás de una multitud de chicos del St. Anthony. Esa era
otra razón por la que quería dejar de nadar, así no tendría que estar cada día
con su ex novio, quien si sabía. Él había pillado a Maya y a Emily en un
momento de más-que-sólo-amigas en la fiesta de Noel el viernes.
Se introdujo a la fuerza a un pasillo vacío que dirigía a los vestidores de los
chicos y a los de chicas, pensando otra vez sobre la última nota de “A”. Era
extraño, pero cuando Emily leyó el mensaje en el baño de Maya, fue casi como
si pudiera escuchar la voz de Ali. Excepto que eso era imposible, ¿cierto?
Además, Ben era la única persona que sabía sobre lo de Maya. Tal vez de algún
modo había descubierto que Emily había tratado de besar a Ali. ¿Podría…
podría Ben ser “A”?
—¿A dónde vas?
Emily se dio la vuelta. Ben la había seguido dentro del pasillo. —Hey —Emily
trató de sonreír. —¿Qué pasa?
Ben llevaba sus destrozados pantalones Champion, pensaba que le traían
suerte, así que los usaba en cada competición. Se había vuelto a rapar el cabello
durante el fin de semana. Hacía que su rostro ya angular luciera más duro. —
No pasa nada —respondió de mala manera, con su voz resonando por las
paredes de losa—. Pensé que estabas renunciando.
Emily se encogió de hombros. —Sí bueno, supongo que cambié de opinión.
—¿De verdad? Estabas tan convencida el viernes. Tu novia parecía orgullosa de
ti.
Emily apartó la vista. —Estábamos borrachas.
—Correcto —avanzó un paso hacia ella.
—Piensa lo que quieras —se dio la vuelta hacia su vestuario—. Y ese mensaje
que me enviaste no me asusta.
Ben frunció las cejas. —¿Qué mensaje?
Ella se detuvo. —El mensaje que decía que se lo ibas a contar a todos —dijo,
probándolo.
—No te he escrito ningún mensaje —Ben inclinó su barbilla—. Pero… quizás si
se lo diga a todos. Tú siendo una lesbiana es una pequeña historia jugosa.
—No soy gay —dijo Emily a través de sus dientes.
—Oh ¿sí? —Ben se acercó un paso. Los agujeros de su nariz expandiéndose
hacia dentro y hacia afuera—. Pruébalo.
Emily soltó inesperadamente una risa. Este era Ben. Pero entonces, él arremetió
hacia adelante, envolvió sus manos alrededor de la cintura de Emily, y la
empujó contra la fuente de agua.
Inhaló bruscamente. La respiración de Ben era caliente sobre su cuello y olía
como a Gatorade de uva. —Detente —susurró, tratando de soltarse.
Ben necesitaba solo un fuerte brazo para sujetarla. Presionó su cuerpo contra el
de ella. —Dije, pruébalo.
—Ben, para —lágrimas de miedo llegaron a sus ojos. Le dio un manotazo
tentativamente, pero sus movimientos solo se volvían más fuertes. Pasó la
mano por su pecho. Un pequeño chillido se escapó de su garganta.
—¿Hay algún problema?
Ben se alejó repentinamente. Detrás de ellos, en el costado más alejado del
pasillo, estaba parado un chico con una chaqueta de calentamiento de la escuela
privada Tate. Emily entrecerró sus ojos. ¿Que…?
—No es de tu incumbencia, hombre —dijo con fuerza Ben.
—¿Qué no es de mi incumbencia? —el chico se acercó unos pasos.
Era Toby Cavanaugh.
—Amigo —Ben se volteó alrededor.
Los ojos de Toby se posaron en la mano de Ben sobre la cintura de Emily.
Levantó ligeramente su barbilla hacia Ben. —¿Cuál es el problema?
Ben echó un vistazo hacia Emily, y entonces la dejó ir. Ella se alejó de él, y Ben
usó su hombro para abrir la puerta del vestuario de los chicos. Luego, silencio.
—¿Estás bien? —preguntó Toby.
Emily asintió, con la cabeza hacia abajo. —Eso creo.
—¿Estás segura?
Emily miró a hurtadillas a Toby. Ahora era realmente alto, y su cara ya no era
parecida a un roedor y cautelosa. Tenía unos pómulos altos y unos ojos oscuros
increíbles. La hacía pensar en la otra parte de la nota de “A”. A pesar de que la
mayoría de nosotros hayamos cambiado totalmente…
Sus rodillas se sentían poco firmes. No podía ser… ¿podía?
—Me tengo que ir —masculló, y corrió, con los brazos extendidos, dentro del
vestuario de las chicas.

Capítulo 8

Incluso los típicos chicos de Rosewood buscan su alma

El martes por la tarde, cuando Aria conducía a casa desde la escuela, al
pasar el campo de lacrosse, reconoció la figura solitaria corriendo
alrededor del área de meta, con el palo de lacrosse mecido delante de su
cara. Él mantuvo los cambios de dirección y el deslizamiento en la
fangosa y mojada hierba. Amenazadoras nubes grises se habían reunido arriba,
y ahora empezaba a lloviznar.
Aria se detuvo. —Mike —no había visto a su hermano desde que había salido
del Victory ayer.
Unas horas después, había llamado a casa diciendo que estaba cenando en casa
de su amigo. Luego, llamo para decir que pasaría la noche allí.
Su hermano levantó la vista del campo y frunció el ceño. —¿Qué?
—Ven aquí.
Mike caminó a través del muy corto, y sin malas hierbas a la vista, césped. —
Entra —le ordenó.
—Estoy practicando.
—No se puede evitar para siempre. Tenemos que hablar de ello.
— ¿Hablar de qué?
Levantó una ceja arqueada a la perfección. —Uhm… ¿Lo que vimos ayer? ¿En
el bar?
Mike recogió una de las correas de cuero del palo de lacrosse. Las gotas de
lluvia rebotan en la parte superior de su gorra Brine. —No sé de qué estás
hablando.
— ¿Qué? —Aria entrecerró los ojos, pero Mike ni siquiera la miró.
— Está bien —dijo retrocediendo—. Sé un cobarde.
Entonces Mike envolvió la mano alrededor del marco de la ventana. —Yo... yo
no sé lo que voy a hacer —dijo en voz baja.
Aria pisó el freno. —¿Qué?
—Si se divorcian, no sé lo que voy a hacer —repitió Mike. La vulnerable y
avergonzada expresión en su cara le hacía parecer como si tuviera de diez
años—. Soplarme hacia arriba, supongo.
Las lágrimas asomaron en sus ojos. —No va a pasar —dijo ella con voz
trémula—. Te lo prometo.
Mike sorbió por la nariz. Alargó la mano hacia él, pero él se apartó y corrió por
el campo.
Aria decidió irse, poco a poco bajando las curvas de la carretera mojada. La
lluvia era su tipo favorito de clima. Le recordaba a los días de lluvia cuando
tenía nueve años. Había ido furtivamente hacia el estacionamiento de su vecino,
subido debajo de la lona, y acurrucado en una de las cabinas, escuchando el
sonido de la lluvia golpeando el lienzo mientras escribía en su diario Hello
Kitty. Sentía que pensar en esos días lluviosos podía hacerla sentir mejor, y ella
necesitaba definitivamente pensar en eso ahora. Sus padres podían hablar de
esto, Byron podría decir que no volvería a suceder, bla bla bla. Pero ahora que
Meredith estaba de vuelta, lo cambió todo. Anoche, su padre no había vuelto a
casa para la cena a causa de unos papeles que había en la clase, y Aria y su
mamá se habían sentado en el sofá a ver ¡Jeopardy!, con cuencos de sopa en sus
regazos. Las dos estaban en completo silencio. En realidad, ella tampoco sabía
lo que haría si sus padres se divorciaban.
Subiendo una colina particularmente empinada, Aria aceleró el motor, su
Subaru siempre necesitó un impulso extra en las pendientes. Pero en lugar de
moverse hacia adelante, las luces interiores se apagaron, y el coche empezó a
rodar hacia abajo de la colina.
—Mierda —susurró Aria, sacudiéndolo con el freno. Cuando intentó
encenderlo de nuevo, el coche ni siquiera se puso en marcha.
Miró hacia abajo, los dos carriles de la carretera estaban vacíos. La tormenta
estalló en las alturas, y la lluvia comenzó a lanzarse desde el cielo. Aria buscó
en su bolso, pensando que tenía que llamar a una grúa o a sus padres para que
la recogieran, pero después de fijarse en la parte inferior, se dio cuenta que
había dejado su Treo en casa.
La lluvia caía con tal violencia, que el parabrisas y las ventanas estaban
borrosos.
—Oh, Dios —susurró Aria, con sensación claustrofóbica. Manchas se formaron
frente a sus ojos.
Aria conocía esa sensación de ansiedad, era un ataque de pánico. Los había
tenido un par de veces antes. Uno de ellos fue después de lo de Jenna, uno
después de la desaparición de Ali, y otro cuando caminaba por Laugavegur
Street, en Reykjavík, y había visto a una chica en una cartelera que era
exactamente como Meredith.
Calma, se dijo. Es sólo lluvia. Tomó una respiración de limpieza, se metió los
dedos en las orejas, y comenzó a cantar “Frère Jacques”, y por alguna razón, la
versión francesa funcionó. Después de tres rondas, las manchas comenzaron a
desaparecer. La lluvia había pasado de fuerza-huracán a simplemente
torrencial. Lo que tenía que hacer era caminar de regreso a la granja por la que
había pasado y pedir usar un teléfono. Abrió la puerta del coche, sostuvo su
chaqueta de Rosewood Day sobre su cabeza, y echó a correr.
Una ráfaga de viento levantó su minifalda, y se paró en un charco fangoso
enorme. El agua se filtraba a través de las cintas de gasa de sus sandalias de
tacón. —Maldita sea —murmuró.
Estaba sólo a un centenar de metros del caserío cuando apareció un Audi de
color azul marino. Salpicó una ola de agua del charco a Aria, pero se detuvo en
mitad del camino hasta el Subaru. Lentamente retrocedió hasta que estuvo justo
al lado de ella. La ventana del conductor se deslizó hacia abajo. —¿Estás bien?
Aria entrecerró los ojos, gotas de lluvia estaban goteando desde la punta de su
nariz. Saliendo del lado del conductor estaba Sean Ackard, un chico de su clase.
Él era un típico chico de Rosewood: el polo crujiente, la piel hidratada,
características Todo-Americano, con un coche caro. Sólo que él jugaba al fútbol,
no al lacrosse. No es el tipo de persona que quería ver en este momento.
—Estoy bien —gritó.
—En realidad, estás empapada. ¿Necesitas que te lleve?
Aria estaba muy mojada, se sentía como si su cara estuviera podándose. El
coche de Sean parecía seco y confortable. Así que se deslizó en el asiento del
pasajero y cerró la puerta.
Sean le dijo de tirase la chaqueta empapada en la parte trasera. Entonces, él se
acercó y subió la calefacción.
—¿A dónde?
Aria empujó hacia abajo su flequillo desmechado negro mate. —En realidad,
sólo voy a usar tu teléfono y luego estaré fuera de tu camino.
—Está bien —Sean excavó en su mochila para encontrarlo.
Aria se sentó y miró a su alrededor. Sean no había plagado su coche con
pegatinas de bandas como algunos chicos habían hecho, y el interior no olía a
sudor. En su lugar, olía como a una combinación de pan y perro recién lavado
con champú. Dos libros estaban en el suelo del lado del pasajero: “Zen y el Arte
del Mantenimiento de la Motocicleta” y “El Tao de Pooh”.
—¿Te gusta la filosofía? —dijo mientras movía sus piernas para no mojarlos.
Sean agachó la cabeza. —Bueno, sí —parecía avergonzado.
—Yo también he leído esos libros —dijo Aria—. También me puse con los
filósofos franceses este verano, cuando estaba en Islandia —hizo una pausa.
Nunca había hablado realmente con Sean. Antes de irse, los chicos de
Rosewood estaban aterrorizados de ella, probablemente fue porque los
odiaba—. Yo, uhm, fui a Islandia durante un tiempo. Mi papá tenía un año
sabático.
—Lo sé —Sean le dedicó una sonrisa torcida.
Aria miró sus manos. —Oh —hubo una pausa incómoda. El único sonido era el
de la lluvia precipitándose en el parabrisas y el “whaps” rítmico del
limpiaparabrisas.
—¿Así que lees, como, Camus y esas cosas? —preguntó Sean. Cuando Aria
asintió con la cabeza, él hizo una mueca. —Leí “El Extraño” este verano.
—¿En serio? —la barbilla de Aria sobresalía en el aire, seguro que no lo había
entendido. ¿Cómo sería un típico chico de Rosewood que lee libros de filosofía
profunda de todos modos? Si esto fuera una analogía SAT, sería “Típico chico
de Rosewood: lectura de filósofos franceses” y “Turistas estadounidenses en
Islandia: comiendo en cualquier lugar, pero no en McDonald's.” Simplemente
no sucedía.
Cuando Sean no respondió, ella llamó al número de su casa con su teléfono. El
timbre sonó y sonó, no pasó al buzón de voz, ya que no habían conectado aún el
contestador automático. Luego llamó a su papá al número de la escuela que era
de hace casi cinco años. El timbre sonó y sonó también.
Las escenas comenzaron a pasar delante de los ojos de Aria cuando se
imaginaba que podía ser... o que podía estar con ella. Se inclinó sobre sus
piernas desnudas, tratando de respirar profundo. Frère Jacques, gritaba en
silencio.
—Whoa —dijo Sean, con su voz sonando muy lejos.
—Estoy bien —dijo Aria, la voz ahogada en sus piernas. —Sólo tengo que...
Oyó a Sean ir a tientas. Luego puso una bolsa de Burger King en sus manos. —
Respira en esto. Creo que hay algunas papas fritas ahí. Lo siento.
Aria colocó la bolsa sobre su boca y la infló y desinfló lentamente. La mano de
Sean en la mitad de su espalda se sentía cálida. Lentamente, el vértigo comenzó
a desvanecerse. Cuando levantó la cabeza, miró a Sean con ansiedad.
—¿Ataques de pánico? —preguntó. —Mi madrastra los sufre. La bolsa siempre
funciona.
Aria arrugó la bolsa en su regazo. —Gracias.
—¿Te preocupa algo?
Aria negó con la cabeza rápidamente. —No, estoy bien.
—Vamos —dijo Sean—. ¿No es por eso por lo que las personas tienen ataques
de pánico?
Aria apretó los labios. —Es complicado —dijo, mientras pensaba desde cuando
los típicos chicos de Rosewood se interesan en las chicas con problemas
extraños.
Sean se encogió de hombros. —Tú fuiste amiga de Alison DiLaurentis, ¿verdad?
Aria asintió con la cabeza.
—¿Es raro, no?
—Sí —ella despejó su garganta—. Aunque, bueno, no es raro en la manera en
que tú lo podrías pensar. Quiero decir, es extraño de esa manera, pero es raro
de otras formas también.
—¿Al igual que como?
Ella se movió, su ropa interior mojada estaba empezando a picar. Hoy en la
escuela se había sentido como si todo el mundo estuviese hablando en susurros
infantiles. ¿Pensaban que si hablaban en un volumen de personas normales,
Aria se rompería instantáneamente?
—Sólo quiero que todos me dejen en paz —logró decir. —Al igual que la
semana pasada.
Sean sacudió el ambientador de aire de pino que colgaba del espejo retrovisor,
balanceándose. —Sé lo que quieres decir. Cuando mi mamá murió, todo el
mundo pensaba que si tenía un segundo para mí, lo perdería.
Aria se enderezó. —¿Tú mamá murió?
Sean la miró. —Sí. Fue hace mucho tiempo. En cuarto grado.
—Oh —Aria trató de recordar al Sean de cuarto grado. Sabía que había sido
uno de los más guapos en la clase de los niños, y que había estado en el equipo
de fútbol un montón de veces, pero eso fue todo. Ella se sentía mal por ser tan
ajena—. Lo siento.
Se produjo un silencio pesado. Aria cruzó y descruzó las piernas desnudas. El
coche había empezado a oler como a falda de lana mojada.
—Fue duro —dijo Sean—. Mi papá pasó por todas esas amigas. Ni siquiera me
gustaba mi madrastra en un principio. Pero me acostumbré a ella.
Aria sentía que de sus ojos brotaban lágrimas. No quería acostumbrarse a saber
que su familia se había modificado.
Sean se inclinó hacia delante. —¿Seguro que no puedes hablar de ello?
Aria se encogió de hombros. —Se supone que es un secreto.
—Te diré algo. ¿Qué tal si tú me cuentas tu secreto y yo te digo el mío?
—Está bien —Aria estuvo rápidamente de acuerdo. La verdad era que se moría
por hablar de esto. Ella se lo habría admitido a sus viejas amigas, pero eran muy
herméticas sobre sus secretos propios, lo que la hizo sentir aún más rara para
revelar los suyos—. Pero no puedes decir nada.
—Absolutamente.
Aria le habló de Byron y ella, de Meredith, y de lo que ella y Mike habían visto
en el bar ayer. Esto sólo hizo que todo se vierta al exterior. —No sé qué hacer —
concluyó ella—. Siento que tengo que mantenernos a todos juntos.
Sean estaba en silencio, y ella tenía miedo de que no la estuviese escuchando.
Pero entonces, levantó la cabeza. —Tu papá no debe ponerte en esa posición.
—Sí, bueno —Aria miró a Sean. A pesar de la camisa metida dentro de sus
pantalones cortos de color caqui, era muy lindo. Tenía los labios de color rosa
real y nudosas manos, con los dedos imperfectos. Por la forma en que la camisa
de polo encajaba cómodamente contra su pecho, ella supuso que era en el fútbol
el chico top de la punta. De repente, se sintió increíblemente consciente de sí
misma. —Es fácil hablar contigo —dijo Aria con timidez, mirando a sus rodillas
desnudas. Se le habían olvidado unos cuantos bellos de las rodillas al depilarse.
Por lo general, no importaba, pero tenía una especie de timidez ahora—. Así
que, bueno, gracias.
—Claro que sí —cuando Sean sonrió, sus ojos se veían rizados y calientes.
—Definitivamente no es como me imaginaba pasando mi tarde —agregó Aria.
La lluvia seguía cayendo sobre el parabrisas, pero el coche se había puesto
realmente caliente mientras ella había estado hablando.
—Yo tampoco —Sean miró por la ventana. La lluvia había comenzado a
disminuir—. Pero... no sé. Es agradable, ¿no?
Aria se encogió de hombros. Entonces recordó. —Oye, tú me prometiste un
secreto. Más vale que sea bueno.
—Bueno, no sé si es bueno —Sean se inclinó hacia Aria, y ella se movió más
cerca.
Por un loco segundo, pensó que podría besarlo.
—Estoy en el Club V —susurró él. Su aliento olía a Altoids—. ¿Sabes qué es
eso?
—Supongo —Aria trató de no retorcer sus labios en una mueca—.Es no tener
sexo hasta el matrimonio, ¿no?
—Sí —Sean se echó hacia atrás. —Así que... soy virgen. Excepto que...no sé si
quiero seguir siéndolo.

Capítulo 9

Alguien que ayuda sólo consigue una porción más pequeña


En el miércoles por la tarde, el Sr. McAdams, el profesor de economía
aplicada de Spencer, se paseaba de arriba a abajo por los pasillos,
descargando papeles de una pila y poniéndolos boca abajo sobre el
escritorio de cada estudiante. Era un hombre alto, de ojos saltones, nariz
torcida, y una cara regordeta. Hace unos pocos años, uno de sus mejores
estudiantes había comentado que se parecía a Calamardo, de Bob Esponja, y se
quedó con ese nombre.
—Muchas de estas pruebas son muy buenas —murmuró él.
Spencer se enderezó. Hizo lo que siempre hacía cuando no estaba segura de lo
que había sacado en una prueba. Pensó en la nota más baja que podía
conseguir, una nota que todavía asegurara que tenía una A. Por lo general, la
nota en su mente era muy baja, aunque baja para Spencer era una B más o, en el
peor de los casos, una B, así que normalmente terminaba recibiendo una
agradable sorpresa. B más, se dijo ahora a sí misma, mientras Calamardo le
ponía su prueba sobre el escritorio. Entonces, le dio la vuelta.
Una B menos.
Spencer dejó caer el papel en su escritorio como si estuviera ardiendo.
Comprobó el test de respuestas que Calamardo había calificado de forma
incorrecta, pero no sabía las respuestas a las preguntas que tenían grandes X
rojas marcadas junto a ellas.
Muy bien, tal vez no había estudiado lo suficiente.
Cuando ellos habían hecho las pruebas ayer, todo en lo que había sido capaz de
pensar mientras llenaba las casillas de opción múltiple eran en a) Wren y cómo
ella no podía haberlo visto nunca, b) sus padres y Melissa y cómo podía ella
conseguir que volvieran a quererla de nuevo, c) Ali, y d), e), f), g), su condenado
secreto con Toby.
La tortura con Toby era insana. Pero ¿Qué podía hacer, ir a la policía? Y
decirle... ¿Qué un chico me dijo que me cogería hace cuatro años, y que creo que él
mató a Ali y también que va a matarme? ¿Qué tenía un mensaje que decía que mis
amigos y yo estábamos en peligro? Los policías se reirían y me dirían que había estado
inhalando demasiado Ritalin. También tenía miedo de contarles a sus amigas lo
que estaba pasando. ¿Qué pasa si “A” iba en serio y algo les pasaba si ella lo
hacía?
—¿Qué tal? —susurró una voz.
Spencer saltó. Andrew Campbell se sentaba junto a ella. Él era tan capaz de
sacar buenas notas como ella. Él y Spencer estaban clasificados como los
número uno y número dos de la clase, y siempre estaban cambiando posiciones.
Su prueba estaba orgullosamente colocada boca arriba sobre su escritorio. Un
gran A roja estaba en la parte superior de la misma.
Spencer empujó su propia prueba contra su pecho. —Bien.
—Fantástico —un mechón de la larga melena de león de pelo rubio de Andrew
le caía por la cara.
Spencer apretó sus dientes. Andrew era notoriamente entrometido. Siempre
había pensado que era sólo un síntoma de su super-competitividad, pero la
semana pasada, se preguntó si él podría ser “A”. Pero no creía que tuviera algo
que ver ya que su gran interés se centraba en las minucias de la vida de
Spencer. Andrew la había ayudado el día que los trabajadores descubrieron el
cuerpo de Ali, cubriéndola con una manta cuando estaba en estado de shock.
“A” no haría algo así.
Mientras Calamardo les asignaba sus deberes, Spencer miró sus apuntes. Su
escritura, que normalmente se apretaba perfectamente entre las líneas, había
vacilado en toda la página. Empezó a volver a copiar con rapidez los apuntes,
pero la campana la interrumpió, y Spencer tímidamente se levantó para
marcharse. Una B menos.
—¿Señorita Hastings?
Ella levantó la vista. Calamardo le estaba haciendo señas para que se acercara a
su escritorio. Se acercó, enderezando su blazer azul marino del Rosewood Day,
tomando todas las precauciones posibles para no tropezar con sus botas de
montar de piel color caramelo. —Tú eres la hermana de Melissa Hastings,
¿verdad?
Spencer sintió que se le marchitaban las entrañas. —Uh-huh —era obvio lo que
venía después.
—Esto es un gran placer para mí, entonces —dio unos golpecitos con el lápiz
mecánico en su escritorio—. Fue un placer tener a Melissa en clase.
Estoy segura, Spencer gruñó para sus adentros.
—¿Dónde está ahora?
Spencer apretó los dientes. En casa, acaparando todo el amor de nuestros padres y su
atención. —Ella está en Wharton. Haciendo su MBA.
Calamardo sonrió. —Siempre supe que iría a Wharton —luego, le lanzó una
larga mirada a Spencer—. El primer conjunto de preguntas sobre el ensayo se
hará el próximo lunes —dijo él—. Y te daré una pista. Los libros
complementarios que he mencionado en el plan de estudios serán de ayuda.
—Oh —Spencer se sentía cohibida. ¿Le estaba dando algún tipo de beneficio
porque había sacado una B menos y sentía pena por ella, o porque era la
hermana de Melissa? Ella irguió la espalda—. Yo tenía la intención de
conseguirlos de todos modos.
Calamardo la miró de manera uniforme. —Está bien, bueno.
Spencer caminó con dificultad hacia la entrada, sintiéndose desquiciada.
Normalmente, sabía cómo hacerles la pelota a todos los profesores mucho
mejor, pero Calamardo la hacía sentir como si estuviera en la parte inferior de la
clase.
Era el final del día. Los estudiantes del Rosewood se apresuraban en torno a sus
casilleros, poniendo los libros en sus bolsas, haciendo planes por sus teléfonos
móviles, o quedando con su equipo para practicar deporte. Spencer tenía
hockey sobre hierba a las tres, pero quería recoger primero los libros de
Calamardo en WordSmith. Después de eso, tenía que presentarse al personal
del anuario, ver lo que estaba pasando con la lista de voluntarios de Hábitat
para la Humanidad, y saludar a los consejeros del club de teatro. Posiblemente
llegaría un par de minutos tarde al hockey, pero ¿qué podía hacer?
Al empujar la puerta de Libros WordSmith, inmediatamente se sintió más
calmada. La tienda estaba siempre tranquila, sin vendedores serviciales
espantándote. Después de que Ali desapareciera, Spencer solía venir aquí y leer
los comics de Calvin y Hobbes sólo para estar sola. El personal no te increpaba
cuando los teléfonos celulares sonaban. Eso estaba bien, ya que eso era
exactamente lo que el de Spencer estaba haciendo en este momento. Su corazón
latía con fuerza... y luego golpeó de una manera diferente cuando vio quién era.
—Wren —susurró en su teléfono, hundiéndose contra la sección de viajes.
—¿Recibiste mi correo electrónico? —le preguntó con su sexy acento británico
cuando ella contestó.
—Uhm... sí —respondió Spencer—. Pero... creo que no deberías haberme
llamado.
—¿Así que quieres que cuelgue?
Spencer miró a su alrededor cautelosamente, observando a dos estudiantes
idiotas de primer año sonriendo con los libros de autoayuda sexual, y a una
anciana que estaba hojeando un mapa callejero de Philadelphia. —No —
susurró ella.
—Bueno, me muero por verte, Spence. ¿Podemos encontrarnos en alguna parte?
Spencer hizo una pausa. Le dolía estar deseando decirle que sí. —No estoy
segura de si eso es una buena idea en este momento.
—¿Qué quieres decir con que no estás segura? —se rió Wren—. Vamos, Spence.
Ha sido muy difícil esperar tanto tiempo antes de llamar.
Spencer negó con la cabeza. —Yo... no puedo —decidió—. Lo siento. Mi
familia... casi no me mira. Quiero decir, ¿tal vez podríamos intentar esto en... en
un par de meses?
Wren se quedó en silencio durante un momento. —¿Hablas en serio?
Spencer notó incertidumbre en su respuesta.
— Simplemente pensé... no lo sé —la voz de Wren sonaba tirante—. ¿Estás
segura?
Se pasó la mano por el pelo y miró por los grandes ventanales de WordSmith
que estaban en frente. Byers Mason y Waites Penélope, dos chicos de su clase,
se besaban delante de Ferra, el lugar de comida al lado de la calle. Ella les
odiaba.
—Estoy segura —le dijo a Wren, sus palabras se le atragantaron en la
garganta—. Lo siento —le dijo antes de colgar.
Dejó escapar un suspiro. De repente, la librería se sentía demasiado tranquila.
El CD de música clásica se había detenido. El pelo en la parte posterior de su
cuello se le erizó. Alguien podría haber escuchado su conversación.
Temblando, se dirigió a la sección de economía, mirando con recelo a un tipo
que se detuvo en la sección de la Segunda Guerra Mundial y a una mujer que
hojeaba un calendario mensual de bulldogs ¿Podría ser uno de ellos “A2?
¿Cómo “A” lo sabía todo?
Rápidamente encontró los libros de la lista de Calamardo, y caminó hasta el
mostrador. Entregó su tarjeta de crédito, jugueteando con los botones de plata
de la blazer azul marina de la escuela. No quería ir a sus actividades y al hockey
después de esto. Sólo quería ir a casa y esconderse.
— Uhm —la cajera, que tenía tres anillos en la ceja, levantó la Visa de Spencer—
. Algo está mal con esta tarjeta.
—Eso es imposible —replicó Spencer. Entonces, sacó su tarjeta MasterCard.
La vendedora la pasó, pero la máquina de tarjetas hizo la misma señal de
desaprobación. —Con esta ocurre lo mismo.
La vendedora hizo una rápida llamada telefónica, asintió con la cabeza un par
de veces, y luego colgó. —Estas tarjetas han sido canceladas —dijo en voz baja,
con los ojos fuertemente alineados a lo ancho—. Se supone que debo cortarlas,
pero... —ella se encogió de hombros tímidamente y se las entregó de nuevo a
Spencer.
Spencer las cogió. —El equipo debe estar roto. Estas tarjetas están... —estaba a
punto de decir que están vinculadas a la cuenta bancaria de sus padres.
Entonces lo entendió. Sus padres las habían cancelado.
—¿Quieres pagar con dinero en efectivo? —preguntó la dependienta.
Sus padres habían cancelado sus tarjetas de crédito. ¿Qué era lo siguiente,
poner una cerradura en el refrigerador? ¿Cortar la electricidad de su
dormitorio? ¿Limitar su uso de oxígeno?
Spencer se abrió paso para salir de la tienda. Había usado su Visa para comprar
una rebanada de pizza con queso de soja de camino a casa desde el memorial
de Ali. Había funcionado entonces. Ayer por la mañana, ella se disculpó ante su
familia, y ahora sus tarjetas no funcionaban. Era como una bofetada en la cara.
La rabia llenó su cuerpo. Así era como ellos se sentían respecto a ella.
Spencer miró con tristeza a sus dos tarjetas de crédito. Las había usado tanto,
que la tira de la firma casi se había borrado. Apretando su mandíbula, cerró
fuertemente su cartera y sacó su Blackberry, desplazándose a través de su lista
de llamadas recibidas hasta el número de Wren. Él contestó al primer timbrazo.
—¿Cuál es tu dirección? —le preguntó—. He cambiado de opinión.

Capitulo 10

La Ausencia de Algo Aumenta Nuestro Deseo por Ello


Ese miércoles por la tarde, Hanna paró en la entrada del YMCA de
Rosewood, una mansión restaurada de estilo colonial. La fachada era de
ladrillos rojos, tenía pilares blancos de dos pisos de altura, y las
molduras alrededor de los aleros y las ventanas lucían como si pertenecieran a
una casa de jengibre. Los Briggs, una excéntrica y adinerada familia,
construyeron el lugar en 1886, llenándolo con los diez miembros de la familia,
tres huéspedes, dos loros, y doce poodles estándares. La mayoría de los detalles
históricos del edificio habían sido derribados para hacer espacio a la piscina de
seis-líneas, el gimnasio, y los sitios de “encuentro.” Hanna se preguntó qué
pensarían los Briggs sobre algunos de los grupos que ahora se reunían en su
mansión. Como el Club de Virginidad.
Hanna estiró sus hombros hacia atrás, y caminó por el inclinado hall de madera
hacia la habitación 204, donde el Club V estaba reunido. Sean todavía no le
devolvía las llamadas. Todo lo que quería decirle era que lo sentía, Dios.
¿Cómo se suponía que iban a volver si ella no podía disculparse con él? El
único lugar al que ella sabía que Sean iba y él nunca pensaría que ella pudiese ir
era el Club de Virginidad.
Tal vez era una violación del espacio personal de Sean, pero era por una buena
causa. Extrañaba a Sean, especialmente con todo lo que estaba pasando con
“A”.
—¿Hanna?
Se giró. Naomi Zeigler estaba en un entrenamiento elíptico en el cuarto de
ejercicios. Estaba vestida con unos shorts cortos Adidas de Terry-cloth rojo
oscuro, un ajustado sostén deportivo rosado, y unas medias rosadas que
combinaban. Una goma roja sostenía su perfecta cola de caballo rubia en su
lugar.
Hanna sonrió falsamente, pero por dentro estaba haciendo una mueca. Naomi y
su mejor amiga, Riley Wolfe, odiaban a Hanna y a Mona. La primavera pasada,
Naomi le robó el enamoramiento a Mona, Jason Ryder, y luego lo dejó dos
semanas después.
En la promoción del año pasado, Riley descubrió que Hanna iba a llevar un
vestido Calvin Klein verde espuma de mar… y compró exactamente mismo
vestido, excepto que en rojo pintalabios.
—¿Qué estás haciendo aquí? —gritó Naomi, todavía pedaleado. Hanna notó
que la pantalla LED elíptica decía que había quemado 876 calorías. Perra.
—Solo me voy a encontrar con alguien —murmuró. Ella presionó su mano
contra la puerta del cuarto 204, intentando parecer casual, solo que no se dio
cuenta de que la puerta estaba entreabierta. Se tambaleo hasta abrirse, y Hanna
perdió su equilibrio y se cayó a medio camino. Todos adentro se voltearon a
verla.
—¿Yoo-hoo? —llamó una mujer con una horrible chaqueta a cuadros de
imitación de Burberry. Ella sacó su cabeza por fuera de la puerta y notó a
Hanna—. ¿Estás aquí para la reunión?
—Uh —Hanna farfulló. Cuando miró de nuevo hacia el elíptico, Naomi ya no
estaba.
—No te asustes —Hanna no sabía que más hacer, así que siguió a la mujer
adentro y tomó asiento.
El cuarto tenía paneles de madera oscuros, y mal ventilados. Los chicos se
sentaban en sillas de madera con altos espaldares. La mayoría de ellos parecían
normales, solo un poco santurrones. Los chicos eran, o demasiado gordos, o
demasiado flacos. No reconocía a nadie de Rosewood Day, excepto a Sean. Él
estaba sentado al lado de dos chicas rubias de apariencia saludable, mirando a
Hanna con alarma. Ella le dio un pequeño saludo, pero él no reacciono.
—Soy Candace —dijo la mujer—. Y tú eres…
—Hanna. Hanna Marin.
—¡Bueno! Bienvenida, Hanna —dijo Candace. Estaba a medianos de los
cuarenta, tenía su cabello rubio corto, y se había ahogado a sí misma en
perfume Chloé Narcisse. Esto era irónico, ya que Hanna se había rociado a sí
misma con Narcisse la noche del viernes pasado, cuando se suponía que lo iba a
hacer con Sean—. ¿Qué te trae aquí?
Hanna hizo una pausa. —Supongo que vine a… a escuchar más acerca
de ello.
—Bueno, la primera cosa que quiero que sepas es, que este
es un lugar seguro —Candace curvó sus manos alrededor del respaldar de la
silla de una chica rubia—. Lo que sea que nos digas está en la más estricta
confidencia, así que siéntete libre de decir lo que sea. Pero tienes que prometer
no repetir nada de lo que alguien más diga, también.
—Oh, lo prometo —dijo rápidamente. No había manera de que repitiera lo que
alguien más dijera. Eso significaría decirle a alguien que vino aquí en primer
lugar.
—¿Hay algo que quieras saber? —preguntó Candace.
—Bueno, uhm, no estoy segura —tartamudeó.
—¿Hay algo que quieras decir?
Hanna miró de reojo a Sean. Él le dio una mirada que parecía decir, Si, ¿Qué te
gustaría decir?
Ella se enderezó. —He estado pensando mucho sobre el sexo. Uhm, me refiero a
que sentía curiosidad acerca de ello. Pero ahora… no lo sé —tomó un profundo
aliento e intento imaginar lo que a Sean le gustaría oír—.Creo que debería ser
con la persona correcta.
—La persona correcta que ames —corrigió Candace—. Y casados.
—Si —añadió rápidamente.
—Sin embargo, es difícil —Candace paseó alrededor del cuarto—. ¿Alguien
tiene algún pensamiento para Hanna? ¿Alguna experiencia que les gustaría
compartir?
Un chico rubio con pantalones de camuflaje que era casi lindo, si entrecerrabas
los ojos, levantó su mano, pero luego cambio de parecer y la bajó. Una chica de
cabello marrón que usaba una camiseta de Dubble Bubble levantó dos dedos
tentativamente en el aire y dijo. —Yo también pensé mucho en sexo. Mi novio
me amenazó con romper conmigo si no lo hacía. Por un tiempo, estuve
considerando el entregarme, pero me alegra no haberlo hecho.
Hanna asintió, intentando verse pensativa. ¿A quién estaba engañando esta gente?
Se preguntó si ellos secretamente se estaban muriendo por conseguir un poco.
—Sean, ¿Qué hay de ti? —Candace preguntó—. Tú decías que tú y tu novia
tenían diferentes opiniones acerca del sexo. ¿Cómo va eso?
Hanna sintió el calor elevarse hasta sus mejillas. Ella. No. Podía. Creerlo.
—Está bien —murmuró Sean.
—¿Estás seguro? ¿Has conversado con ella, como hemos discutido?
—Sí —dijo Sean secamente.
Siguió un largo silencio. Hanna se preguntó si sabían que "ella" era... ella.
Candace recorrió la habitación pidiendo a los demás hablar de sus
tentaciones: ¿Alguien se había acostado con un novio o novia? ¿Alguno había
besado? ¿Alguien había visto Skinamax el canal pornográfico? ¡Sí, sí, sí! Hanna
estaba marcada, sabía que todos los del Club V decían no-no.
Otros pocos chicos habían hecho algunas preguntas más sobre sexo. Estaban
tratando de averiguar lo que contaba como "una experiencia sexual", y lo que
debían evitar.
—Todo esto —Candace dijo impasible. Hanna estaba atónita. Se había figurado
que el Club V prohibía las relaciones sexuales, pero no el menú sexual
completo.
Por último, se levantó la sesión, y los chicos del Club V se levantaron de sus
asientos para estirarse. Latas de refrescos, vasos de papel, Oreos apiladas, y una
bolsa de Terra Yukon Golds estaban en una mesa frente a la sala. Hanna se
levantó, deslizó las correas de sus cuñas de color púrpura de vuelta alrededor
de sus tobillos, y extendió sus brazos en el aire. No podía dejar de notar que
Sean estaba mirando su abdomen expuesto. Le dio una sonrisa coqueta, y luego
caminó
hacia él.
—Oye —dijo.
—Hanna... —se pasó la mano por su pelo muy corto, luciendo incómodo.
Cuando se lo cortó la primavera pasada, Hanna dijo que le hacía parecer un
poco como Justin Timberlake, sólo que menos barato. En respuesta, Sean había
hecho una horrible pero también linda representación de "Cry Me a River". Eso
fue cuando él era divertido—. ¿Qué estás haciendo? —preguntó.
Ella se llevó su mano a la garganta. —¿Qué quieres decir?
—Yo simplemente... no sé si deberías estar aquí.
—¿Por qué? —echaba chispas—. Tengo todo el derecho de estar aquí, al igual
que todo el mundo. Sólo quería disculparme, ¿de acuerdo? He estado tratando
de perseguirte por la escuela, pero sigues huyendo por ahí de mí.
—Bueno, es complicado, Hanna —dijo Sean.
Hanna estaba a punto de preguntarle qué era tan complicado cuando Candace
puso
las manos sobre sus propios hombros.
—Veo que los dos se conocen.
—Así es —chirrió Hanna, momentáneamente enterrando su irritación.
—Estamos muy contentos de que estés aquí, Hanna. Será un modelo muy
positivo para nosotros.
—Gracias —Hanna sintió un estremecimiento. Incluso si estaba en el Club V, no
estaba a menudo tan avergonzada como ahora. No por su entrenador de tenis
de tercer grado, no por su amigos, no por sus profesores, desde luego no por
sus padres. Quizás el Club V era su vocación. Se imaginó como la portavoz del
Club V. Tal vez era como ser Miss América, excepto que en lugar de una
corona, tendría un fabuloso anillo del Club V. O tal vez una bolsa. Una Louis
Vuitton de color cereza con una V pintada a mano.
—Entonces, ¿crees que te unirás a nosotros la próxima semana? —preguntó
Candace.
Hanna miró a Sean. —Probablemente.
—¡Maravilloso! —exclamó Candace.
Ella dejó a Hanna y a Sean a solas otra vez. Hanna aspiró su estómago, y deseó
no haber ido por una barra de chocolate éclair que había impetuosamente
comprado en un camión de helados antes de la reunión. —Entonces, tú hablas
de mí aquí, ¿eh?
Sean cerró los ojos. —Siento que mencionara eso.
—No, está bien —Hanna interrumpió—. No me di cuenta de cuánto esto...
significa para ti. Y me gusta mucho algunas de las cosas que decían. Acerca de
que, uhm, la persona debe ser alguien a quien amas. Estoy a favor de eso. Y
todo el mundo parece muy dulce —se sintió sorprendida por las palabras que
salían de su boca. Ella realmente…bueno, las sentía.
Sean se encogió de hombros. —Sí, está bien.
Hanna frunció el ceño, sorprendida por su apatía. Entonces ella suspiró y
levantó
los ojos. —Sean, siento mucho lo que pasó. Acerca de...lo del coche. Yo
simplemente... yo realmente no sé cómo pedir disculpas. Me siento tan
estúpida. Pero no puedo soportar que me odies.
Sean estaba en silencio. —Yo no te odio. Las cosas se pusieron algo duras el
viernes. Creo que estuvimos en lugares extraños. Quiero decir, creo que
no debiste haberlo hecho, pero... —se encogió de hombros—. Eres voluntaria en
la
clínica, ¿no?
—Uh-huh —esperaba que su nariz no se arrugara en disgusto.
Él asintió con la cabeza un par de veces. —Creo que es realmente bueno. Estoy
seguro de que les alegraras el día a los pacientes.
Hanna sintió que sus mejillas enrojecían con gratitud, pero su dulzura no la
sorprendió.
Sean era un buen libro de texto, compasivo, le daba dinero a la gente sin hogar
en
Philadelphia, reciclaba sus teléfonos celulares viejos, y nunca hablaba mal de
nadie, ni siquiera de las celebridades que existen para hacer bromas de ellas.
Había sido una de las razones por las que primero había llegado a amar a Sean
en sexto grado cuando todavía era una perdedora gorda.
Pero apenas la semana pasada, Sean había sido de ella. Había recorrido un
largo camino desde que fue la chica perdedora que hacía el trabajo sucio de Ali,
y no podía permitir que un error de borracha arruinara su relación. Aunque
había algo... o alguien, que podría arruinar su relación.
Puedo arruinarte.
—¿Sean? —el corazón de Hanna golpeó—. ¿Te han enviado algún mensaje de
texto extraño que hable de mí?
—De Texto —repitió Sean. Él ladeó la cabeza—. No...
Hanna se mordió los dedos de la mano. —Si lo hacen, no les creas.
—Está bien —Sean le sonrió, y ella sintió electricidad.
—Bueno —dijo ella tras una pausa—. ¿Vas a ir todavía al Foxy?
Sean apartó la mirada. —Supongo. Probablemente con un grupo de chicos o lo
que sea.
—Guárdame un baile —ronroneó ella, y le apretó la mano. Le encantaba la
forma en que sus manos se sentían sólidas, cálidas y masculinas. Tocarlo la hacía
tan feliz que tal vez podría abandonar el sexo hasta el matrimonio. Ella y Sean
permanecerían constantemente verticales, sin sexo, cubriendo sus ojos en las
escenas de sexo, y evitando Victoria's Secret en el centro comercial. Si eso era lo
que la llevaría a estar con el único chico que había alguna vez, bueno, amado,
entonces tal vez podría hacer ese sacrificio.
O tal vez, si la forma en que Sean estaba mirando su vientre de nuevo era una
indicación, ella podría sacarlo de allí.

Capítulo 11

¿La madre de Emily nunca le enseñó a no entrar en coches desconocidos?


Emily giró el disco de la máquina de chicles en Fresh Fields. Era
miércoles después del entrenamiento de natación, y estaba recogiendo
las cosas para la cena de su madre. Cada vez que entraba a Fresh Fields
usaba la máquina de chicles. Había hecho un juego con esto; si sacaba un chicle
amarillo, algo bueno le ocurriría. Observó el chicle en su palma. Era verde.
—Hey —alguien estaba frente a ella.
Emily miró hacia arriba. —Aria. Hey
Como siempre, Aria claramente no tenía miedo de resaltar con su atuendo.
Vestía un hinchado chaleco azul neón que acentuaba sus impresionantes ojos
azules. Y a pesar de que llevaba la falda estándar problemática de la escuela, se
la había subido bien sobre sus rodillas, debajo llevaba unas mallas negras y
divertidas zapatillas azul real. Su cabello negro estaba arriba, en una cola de
caballo estilo porrista. Funcionó completamente, y la mayoría de los chicos en el
estacionamiento de Fresh Fields la miraban.
Aria se inclinó más cerca. —¿Lo llevas bien?
—Sí. ¿Y tú?
Aria se encogió de hombros. Dio una mirada furtiva alrededor del
estacionamiento lleno de chicos ansiosos empujando carritos. —¿No has
recibido ningún…?
—Nop —Emily evitó los ojos de Aria. El lunes, ella había eliminado el texto de
“A” sobre su nuevo amor, así que era casi como si nada hubiese sucedido. —
¿Tú?
—Nada —Aria se encogió de hombros—.Tal vez estamos seguras.
No lo estamos, quería decir Emily. Se mordió el interior de su mejilla.
—Bueno, puedes llamarme en cualquier momento —Aria caminó hacia la
vitrina de sodas.
Emily salió de la tienda, con un sudor frío recorriéndole el cuerpo. ¿Por qué era
la única que había oído sobre “A", de todas formas? ¿Estaba “A” escogiéndola?
Colocó la bolsa con la compra en el interior de su mochila, abrió el candado de
su bicicleta, y pedaleó fuera del estacionamiento. Cuando giró por la calle de al
lado, que no estaba más que a millas de una granja con una cerca blanca, sintió
la pequeñísima insinuación de una caída en el aire. Esta caída en Rosewood
siempre le recordaba que era el comienzo de la temporada de natación.
Eso por lo general era bueno, pero este año, Emily se sentía inquieta. La
entrenadora la había hecho capitana, anunciándolo después de que la
competencia de Rosewood terminara. Todas las chicas se habían reunido a su
alrededor para felicitarla, y cuando le dijo a sus padres, su mamá tenía los ojos
llorosos. Emily sabía que debería sentirse feliz, las cosas habían vuelto a ser
normales. Pero sentía que las cosas ya habían cambiado irrevocablemente.
—¡Emily! —alguien llamó a su espalda.
Ella se volvió para ver quien la llamaba, y la rueda delantera de la bicicleta
patinó sobre hierba mojada. De pronto, se encontró así misma en el suelo.
—Oh, Dios mío, ¿Estás bien? —gritó una voz.
Emily abrió los ojos. De pie frente a ella estaba Toby Cavanaugh. Tenía puesta
la capucha de su cazadora, así que su rostro se veía vacío y ensombrecido.
Ella gritó. El incidente de ayer en el pasillo de los vestidores volvió a ella. La
expresión frustrada en el rostro de Toby. Como él, con una sola mirada, había
hecho que Ben se fuera, ¿Era solo una coincidencia que él estuviera pasando por
allí en ese momento o la había estado siguiendo? Pensó sobre la nota de “A”.
Sin embargo, la mayoría de nosotros hemos cambiado totalmente... Bueno, Toby
ciertamente lo había hecho.
Él se agachó. —Déjame ayudarte.
Emily lanzó la bicicleta fuera, moviendo cautelosamente sus piernas, y luego
levantó el dobladillo del pantalón para inspeccionar el feo raspón en su pierna.
—Estoy bien.
—Esto se te cayó allí —Toby le entregó su monedero de la suerte, era de cuero
rosa con monogramas en la parte delantera. Ali se lo había dado un mes antes
de desaparecer.
—Uhm, gracias —Emily se lo quitó, sintiéndose inquieta.
Toby frunció el ceño ante el raspón. —Eso se ve un poco mal. ¿Quieres ir a mi
coche? Creo que tengo algunas tiritas…
Emily tenía el corazón debocado. Primero lo de la nota de “A”, después Toby la
había rescatado en el vestuario, y ahora esto. ¿Por qué estaba en Tate de todas
formas?, ¿No se suponía que él estaba en Maine? Emily siempre se había
preguntado si Toby sabía algo de lo de Jenna, y el por qué se había inculpado.
—Realmente estoy bien —dijo, levantando la voz.
—¿Puedo al menos llevarte a algún lado?
—¡No! —Emily gritó. Entonces, se dio cuenta de la cantidad de sangre que tenía
su pierna. Despreciaba ver sangre. Sus brazos empezaron a sentirse como
gelatina.
—¿Emily? —preguntó Toby—. ¿Estás...?
La visión de Emily empezaba a distorsionarse. No podía estar débil en este
momento. Tenía que alejarse de Toby. Aunque la mayoría de nosotros hemos
cambiado… y fue entonces cuando todo se volvió negro.
Cuando despertó, estaba recostada sobre el asiento trasero de un coche pequeño
y un montón de mini-tiritas cruzaban en el raspón de su pierna. Miró alrededor
confundida, tratando de orientarse. Entonces, se dio cuenta que quien estaba
conduciendo.
Toby se dio vuelta. —Booh.
Emily gritó.
—¡Whoa! —Toby se detuvo en un semáforo en rojo y levantó las manos en
señal de ¡No disparen!—. Perdón, solo estaba jugando.
Emily se sentó. El asiento trasero estaba lleno de cosas. Botellas vacías de
Gatorade, cuadernos, libros, zapatillas de deportes hechas un desastre, y un par
de sudaderas de color gris.
El cojín del asiento de Toby estaba todo desgastado, revelando en algunos
lugares goma azul raída. Un agradable ambientador en forma de oso bailaba en
su espejo retrovisor, pero su coche no olía bien. Tenía un aplastante olor a acre.
—¿Que estás haciendo? —Emily gritó—. ¿A dónde vamos?
—Te desmayaste —dijo calmadamente Toby—. Por la sangre, tal vez. No sabía
qué hacer, así que te levante y te subí al coche. Subí la bici al maletero.
Emily miró a sus pies; allí estaba su mochila. ¿Toby la había recogido? ¿Al igual
que la tomó a ella entre sus brazos? Estaba asustada, sentía que se volvería a
desmayar. Miró a su alrededor, pero no reconocía el camino boscoso por el que
estaban. Podrían estar en cualquier lugar.
—Déjame salir —lloró—. Puedo ir en mi bici desde aquí.
—Pero no debería...
—En serio, detén el coche.
Toby detuvo el coche encima de la hierba y la miró al rostro. Los contornos de
su boca colgaban hacia abajo, y sus ojos se veían llenos de preocupación. —No
quise decir... —se pasó la mano por la barbilla—. ¿Qué se supone que tengo que
hacer? ¿Dejarte aquí?
—Si —dijo Emily.
—Bueno, uhm. Lo siento entonces —Toby salió del coche, caminando hacia su
lado, y abrió la puerta. Un mechón negro le caía sobre los ojos—. En la escuela,
era voluntario en la unidad de Servicios médicos. De niño quería rescatarlo
todo, incluso ahora, como en el camino de la muerte.
Emily miró la carretera en que transitaban, y advirtió la gigante noria de la
granja Applegate. No estaban en mitad de ninguna parte... Estaban a una milla
de su casa.
—Vamos —dijo Toby—. Te ayudaré a bajar.
Tal vez estaba sobreactuando. En realidad, había un montón de personas que
habían cambiado. Por ejemplo, cualquiera de los viejos amigos de Emily. Esto
no significaba que Toby fuera “A”. Aflojó su agarre del asiento.
—Uhm... Puedes llevarme. Si quieres.
Toby la miró fijamente durante un minuto. Uno de los contornos de su boca se
curvó en casi una sonrisa. La expresión de su rostro decía: Uhm, Ok, chica loca,
pero no lo dijo.
Regresó al asiento del conductor, y Emily silenciosamente lo iba
inspeccionando. Toby realmente se había transformado. Su mirada
espeluznante y oscura, ahora sólo parecía profunda y melancólica. Y realmente
había hablado. Coherentemente. El verano siguiente a sexto grado, Emily y
Toby fueron al mismo campamento de natación y Toby la miraba
descaradamente, incluso después de ponerse una gorra sobre los ojos. Le
hubiese gustado preguntarle la pregunta del millón de dólares. ¿Por qué se
había culpado de la ceguera de su hermanastra, cuando no lo había hecho?
La noche estaba acabando cuando Ali entró a casa y dijo que todo estaría bien,
que nadie la había visto. Al principio, todas estábamos demasiado aterrorizadas
como para dormir, pero Ali se había encargado de calmarnos a todas. Al día
siguiente, cuando Toby confesó, Aria se preguntó si Ali no había sabido que él
haría eso todo el tiempo ¿Como podía ser tan fría al respecto? —Solo hice lo que
teníamos que hacer. Bien —explicó Ali. Con el tiempo, la confesión de Toby se
había convertido en uno de esos misterios de la vida que nunca se entiende.
Como ¿Por qué Brad y Jen en realidad se divorciaron? ¿Qué había en el suelo
del baño de mujeres en el Rosewood Day el día en que la mujer de servicio
gritó? ¿Por qué Imogen Smith extrañó tanto la escuela en sexto grado? (porque
está definitivamente no era mona), o como... ¿Quién asesinaría a Ali? Tal vez
Toby se sentía culpable por algo más, o ¿Quería salir de Rosewood? O tal vez
alguno de los fuegos artificiales que tenía en la casa del árbol se disparó por
error.
Mientras Toby se dirigía a la calle de Emily, una canción de Blues se reproducía
en su estéreo, y tamborileaba las manos en el volante al compás de esta. Emily
pensó acerca de como la había salvado ayer de Ben. Quería agradecérselo, pero
¿Y si él hace más preguntas al respecto? ¿Qué le diría Emily? Oh, él estaba
enojado porque le di un beso francés a una chica.
Finalmente, Emily pensó en una pregunta segura. —Así que, ¿Estás en Tate
ahora?
—Sí —respondió—. Mis padres dijeron que podría ir, y lo hice. Es agradable
estar cerca de casa, y así poder ir a ver a mi hermana. Ella está en la escuela en
Philadelphia.
Jenna... Todo el cuerpo de Emily, incluso los dedos de los pies, se tensó. Trató
de no mostrar ninguna reacción. A su vez, Toby miró hacia adelante,
aparentemente sin notar lo nerviosa que estaba.
—Y, uhm, ¿Dónde estabas antes? ¿Maine? —preguntó, fingiendo que no sabía
que había estado en la Academia Manning para hombres, que, según una
investigación en Google, estaba en Fryeburg, de camino a Pórtland.
—Sip —Toby ralentizó el paso para que dos niños en patines cruzaran la calle—
. Maine fue bastante cool. Lo mejor eran los Servicios Médicos de Emergencia.
—¿Has... has visto morir a alguien?
Toby la observó por el espejo retrovisor de nuevo. Emily nunca había notado
que sus ojos eran de un azul muy oscuro.
—Nop... Pero una señora mayor me dejó a su perra.
—¿Su perra? —Emily no podía dejar de reír.
—Sí, estaba con ella en la ambulancia y la visité cuando entro a la UCI.
Hablamos de su perra y le dije que yo los amaba... Así que cuando murió su
abogado me encontró.
—Así que... Ahora tienes un perro.
—Está en mi casa ahora. Es realmente dulce, pero tan vieja como la señora.
Emily rió. Algo dentro de ella comenzó a descongelarse. Toby parecía normal...
Y agradable. Antes de que pudiera decir algo más, ya habían llegado a su casa.
Toby aparcó el coche, y sacó del maletero su bicicleta. Ambos tomaron la
manilla de esta, y sus dedos se tocaron. Emily sintió una pequeña descarga,
Toby la miró por un momento, y ella bajó su mirada a la acera. Hace mucho
tiempo, allí mismo había presionado sobre el cemento fresco su mano. Ahora,
su huella se veía muy pequeña para haber sido suya.
Toby subió al asiento del conductor. —Así que ¿Te veré mañana?
La cabeza de Emily se levantó. —¿P-por qué?
Toby le dio vuelta a la llave. —Rosewood y Tate se encuentran... ¿Recuerdas?
—Oh —respondió Emily—. Por supuesto.
Mientras Toby se iba alejando, sintió que su corazón se oprimía. Por alguna
extraña razón, Emily pensó que Toby quería invitarla a una cita. Vamos... se dijo
así misma mientras subía los escalones de la entrada de su casa. Era Toby. Ellos
dos juntos eran tan probables como... Bueno, como Ali estando viva. Y por
primera vez desde que Alisson había desaparecido, Emily perdió la esperanza
de que eso ocurriera.

Capítulo 12

La próxima vez, el estado de emergencia encúbrelo en tu cartera


—¿CUÁNDO ES? —dijo una voz en su oído—. ¿Qué hora es? ¡La hora de
morir de Spencer!
Spencer se despertó de golpe. La figura oscura y familiar que había
estado cerniéndose sobre su rostro había desaparecido. En cambio, estaba en
una habitación limpia y blanca. Había aguafuertes de Rembrandt y un cartel de
la musculatura humana en la pared del dormitorio. En la televisión, Elmo
estaba enseñando a los niños a decir la hora en español. La caja del cable
marcaba las 6:04, y ella supuso que eran AM. Por la ventana, vio que el sol
estaba saliendo, y podía oler el pan fresco y los huevos revueltos flotando frente
desde la calle.
Miró a su lado, y todo cobró sentido. Wren dormía sobre su espalda, con un
brazo sobre su rostro, y con su pecho desnudo. El padre de Wren era coreano y
su madre era británica, por lo que su piel era de un color oro perfecto, con
algunas sombras. Tenía una cicatriz sobre el labio, pecas en la nariz, el cabello
desgreñado negro azulado, y olía a desodorante Adidas & Tide. El anillo de
plata gruesa que llevaba en su dedo índice derecho brillaba en el sol de la
mañana. Quitó el brazo de su rostro y abrió sus ojos con forma de almendra.
—Hey —poco a poco, tomó a Spencer por la cintura, y tiró de ella hacia él.
—Hey —susurró, colgando hacia atrás. Todavía podía oír la voz de su sueño:
¡Es la hora de morir de Spencer! Era la voz de Toby.
Wren frunció el ceño. —¿Qué va mal?
—Nada —dijo Spencer en voz baja. Apretó los dedos en la base de su cuello, y
sintió su pulso correr—. Sólo un mal sueño.
—¿Quieres compartirlo?
Spencer vaciló. Lamentó no poder compartirlo con él. Meneó la cabeza.
—Bueno. Entonces, ven aquí.
Pasaron unos minutos besándose, y Spencer estaba aliviada, agradecida. Todo
iba a estar bien. Estaba a salvo.
Esta era la primera vez que había dormido, y quedado, en la cama de un chico.
Ayer por la noche, había acelerado hasta Philly, y estacionado sobre la acera, sin
importarle el Club. De todos modos, sus padres probablemente estaban
planificando quitarle su coche.
Ella y Wren habían caído inmediatamente en cama y no se habían levantado,
excepto para responder a la puerta y recibir la entrega de comida China para
llevar. Más tarde, llamó y dejó un mensaje en el contestador de sus padres
diciendo que pasaría la noche en casa de su amiga del hockey, Kirsten. Se sentía
tonta, tratando de ser responsable, cuando estaba realmente siendo tan
irresponsable, pero le daba igual.
Por primera vez desde su primera nota, había dormido como un bebé. En parte,
porque estaba en Philadelphia y no en Rosewood, al lado de Toby, pero también
era por Wren. Antes de ir a dormir, le había hablado de su amista con Ali, de
cómo había sido cuando desapareció, de que alguien la había matado durante
unas horas.
Él la había dejado elegir el sonido de "grillos" en su equipo de sonido, a pesar
de que era su segundo ruido menos favorito, y después el de "arroyo
balbuceante."
Spencer comenzó a besarlo con más fuerza, y se quitó la camisa Penn extra
grande que estaba usando para dormir. Wren besó su clavícula desnuda, y
luego se elevó sobre sus manos y rodillas.
—¿Quieres ...? —preguntó.
—Creo que sí —dijo en voz baja.
—¿Estás segura?
—Uh-huh —se removió fuera de su ropa interior. Wren se sacó su camisa sobre
su cabeza. El corazón de Spencer latía con fuerza. Era virgen, y tenía tanta
discriminación con el sexo como con todo lo demás en su vida. Tenía que ser
con la persona perfecta.
Pero Wren era la persona adecuada. Sabía que estaba pasando el punto de no
retorno, si sus padres lo descubrieran, nunca pagarían por nada, nunca, nunca,
nunca más. Ni le prestarían atención. Ni la enviarían a la universidad.
Probablemente ni la alimentarían. ¿Y por qué? Wren la hacía sentirse segura.
Un Plaza Sésamo, un Dragon Tales, y medio Arthur más tarde, Spencer rodó sobre
su espalda, mirando al techo felizmente. Luego, se incorporó sobre sus codos y
miró el reloj.
—Mierda —susurró. Eran las siete y veinte. La escuela comenzaba a las ocho; se
iba perder como mínimo el primer período.
—Me tengo que ir —saltó de la cama, y contempló la falda a cuadros, la
chaqueta, la ropa interior, la camisa, y las botas, todo en una pila desordenada
en el suelo—. Y voy a tener que ir a casa.
Wren se sentó en la cama, observándola. —¿Por qué?
—No puedo usar la misma ropa dos días seguidos.
Wren estaba, obviamente, tratando de no reírse de ella. —Pero es un uniforme,
¿no?
—Sí, pero me puse esta camiseta ayer. Y estas botas.
Wren se echó a reír. —Eres tan adorablemente desquiciada.
Spencer agachó la cabeza ante la palabra adorable.
Rápidamente, se duchó, se enjuagó la cabeza y el cuerpo. Su corazón aún latía
con fuerza. Se sentía abrumada por los nervios, ansiosa por llegar tarde a la
escuela, preocupada por la pesadilla de Toby, pero totalmente feliz por lo de
Wren. Cuando salió de la ducha, él estaba sentado en la cama. El apartamento
olía a café de avellanas. Spencer le tomó la mano, y lentamente deslizó el anillo
de plata de su dedo y se lo puso en su pulgar.
—Se ve bien en mí —cuando lo miró, Wren esbozaba una sonrisa pequeña,
ilegible.
—¿Qué? —preguntó.
—Eres solo... —Wren negó con la cabeza y se encogió de hombros—. Es difícil
para mí recordar que todavía estás en escuela. Eres tan... lógica.
Spencer se ruborizó. —Realmente no lo soy.
—No, lo eres. Es como...en realidad, pareces más lógica que… —se detuvo, pero
Spencer sabía que había estado a punto de decir, más lógica que Melissa. Se sintió
llena de satisfacción. Melissa podría haber ganado la lucha por sus padres, pero
ella había ganado la batalla por Wren. Y esa era la que importaba.
Se acercó hasta su casa por el camino largo de ladrillo. Ahora eran las 9:10 A.M.,
y el segundo periodo en Rosewood Day ya había comenzado. Su padre se abría
ido a trabajar a estas alturas, y con suerte, su madre estaría en los establos.
Abrió la puerta principal. El único sonido era el zumbido del refrigerador. Se
acercó de puntillas a su habitación, recordándose a sí misma que tendría que
hacer una nota de tardanza para su madre, y luego se dio cuenta de que nunca
había tenido que hacer una antes. Cada año, Spencer ganaba en el premio a la
asistencia perfecta y el de puntualidad.
—Hey —Spencer gritó y se dio la vuelta, su mochila se escapó de sus manos.
—Jesús —Melissa estaba en la puerta—. Cálmate.
—¿Po-Por qué no estás en clase? —preguntó Spencer, con sus nervios vibrantes.
Melissa llevaba unos pantalones de chándal oscuros de color rosa, y una
descolorida camiseta Penn, con su contundente corte de rubia a la altura de la
barbilla. El cabello estaba frenado por una diadema azul marino. Incluso
cuando Melissa estaba relajada, se las arreglaba para lucir tensa. —¿Por qué tú
no estás en clase?
Spencer se pasó la mano por la parte posterior de su cuello, encontrándolo
sudoroso. —Yo... se me olvidó algo. Tuve que volver.
—Ah —Melissa le dio una sonrisa misteriosa. Escalofríos corrieron hacia la
columna vertebral de Spencer. Se sentía como si estuviera en el borde de un
precipicio, a punto de caerse—. Bueno, estoy realmente contenta de que estés
aquí. He pensado en lo que dijiste el lunes. Lo siento mucho por todo.
—Oh —fue todo lo que se le ocurrió decirle.
Melissa bajó la voz. —Quiero decir, realmente deberíamos ser más amables
entre nosotras. ¿Quién sabe lo que podría suceder en este loco mundo? Mira lo
que pasó con Alison DiLaurentis. Hace que todo lo que estamos pasando
parezca una tontería.
—Sí —murmuró Spencer. Era una comparación extraña.
—De todos modos, también hablé con mamá y papá. Creo que ellos lo dejaran
pasar.
—Oh —Spencer corrió la lengua por sus dientes—. Wow. Gracias. Eso significa
mucho.
Melissa le sonrió en respuesta. Hubo una larga pausa, y luego dio otro paso a la
habitación de Spencer, apoyándose contra una cómoda alta de color cereza.
—Entonces... ¿Qué está pasando contigo? ¿Vas al Foxy? Ian me preguntó, pero
no creo que vaya a ir. Probablemente soy demasiado vieja.
Spencer hizo una pausa, completamente tomada con la guardia baja. ¿Estaba
tramando algo? Estas no eran las típicas de cosas de las que solían hablar. —
Yo... eh... no sé.
—Demonios —Melissa sonrió—. Espero que vayas con el chico que te hizo eso.
Ella señaló su cuello.
Spencer corrió hacia el espejo, y vio un enorme chupetón morado cerca de su
clavícula. Sus manos revolotearon frenéticamente a su cuello. Entonces, se dio
cuenta de que aún llevaba el anillo de plata de Wren.
Melissa vivía con Wren. ¿Lo había reconocido? Spencer arrancó el anillo de su
dedo y lo metió en el cajón de su ropa interior. Su pulso latía en su sien.
El teléfono sonó, y Melissa lo recogió en el pasillo. En cuestión de segundos, su
cabeza estaba de regreso en el interior del cuarto de Spencer. —Es para ti —
susurró—. Un chico.
—¿Un ... chico? —¿era Wren lo suficientemente estúpido como para llamar?
¿Quién más podría ser a las nueve y quince de un jueves por la mañana? La
mente de Spencer se dispersó en veinte direcciones. Tomó el teléfono—. ¿Hola?
—¿Spencer? Soy Andrew Campbell —soltó una risa nerviosa—. De la escuela.
Spencer miró a Melissa. —Uhm, hey —graznó ella. Por un segundo, ni siquiera
podía recordar quién era Andrew Campbell—. ¿Qué sucede?
—Solo quería ver si tenías esa gripe que anda por ahí. No te vi en la reunión del
consejo estudiantil por la mañana. Nunca faltas, eh, no, al consejo estudiantil.
—Oh —Spencer tragó saliva. Miró a Melissa, que estaba expectante en la
puerta—. Bueno, sí, pero yo... estoy mejor ahora.
—Solo quería decirte que me ofrecí a recoger la tarea para tus clases —dijo
Andrew—.Ya que estamos juntos en todas las clases —su voz resonó. Sonaba
como si estuviera llamando desde el vestuario del gimnasio. Andrew es justo el
tipo que se escabullía del gimnasio—. Para cálculo, tenemos un montón de
problemas de final de tema.
—Oh. Bien, gracias.
—¿Quieres repasar algunos apuntes para los ensayos? McAdams dice que es un
porcentaje enorme de nuestro grado.
—Uhm, claro —contestó Spencer. Melissa llamó su atención, y le dirigió una
mirada esperanzada, emocionada. ¿Chupetón?, articulaba con la boca,
apuntando al cuello de Spencer, y luego al teléfono.
El cerebro de Spencer se sentía como si estuviera caminando sobre yogur.
Entonces, de repente, tuvo una idea. Se aclaró la garganta. —En realidad,
Andrew... ¿Tienes alguna cita para el Foxy?
—Foxy —repitió Andrew—. Uhm, no sé. Supongo que no tenía ningún pla…
—¿Quieres venir conmigo? —Spencer interrumpió.
Andrew se rió, sonando como a un hipo. —¿En serio?
—Uhm, sí —dijo Spencer, mirando a los ojos en su hermana.
—Bueno, sí —dijo Andrew—. ¡Eso sería genial! ¿A qué hora? ¿Qué me pongo?
¿Ibas a ir con algún amigo de antemano? ¿Habrá algún previo a la fiesta?
Spencer puso los ojos en blanco. Dejó a Andrew hacer preguntas, como si le
estuviese haciendo un test.
—Lo averiguaremos —dijo Spencer, volviéndose hacia la ventana.
Luego colgó, sintiéndose sin aliento, como si hubiera corrido kilómetros y
kilómetros en hockey sobre hierba. Cuando se volvió de nuevo hacia su puerta,
Melissa se había ido.

Capítulo 13

Cierto profesor de inglés es un narrador poco fiable

El jueves, Aria dudaba en la puerta del aula de Inglés AP cuando Spencer
pasó por allí. —Hola —Aria agarró su brazo—. ¿Has recibido alguna…?
Los ojos de Spencer revolotearon, como los de una especie de grandes
lagartos que había visto en una exhibición en el Zoológico de Paris. —Uhm, no
—dijo ella—. Pero realmente estoy atrasada, así que…—y corrió por el pasillo.
Aria mordió fuertemente su labio. Bueno.
Alguien puso una mano en su hombro. Dejó escapar un alarido, y tiró su botella
de agua, que golpeó contra el piso y empezó a rodar.
—Whoa. Sólo estaba tratando de pasar.
Ezra se encontraba detrás de ella. Había estado ausente en la escuela el martes y
el miércoles, y Aria se había preguntado si se había dado por vencido. —Lo
siento —murmuró, con sus mejillas teñidas de rojo.
Ezra tenía el mismo jersey de pana arrugado que había usado la semana
pasada, una chaqueta informal con un pequeño agujero en el codo, y zapatos
Merrill. De cerca, olía ligeramente como “vela de hombre” aromatizada Seda
France, lang-y lang, y esencia de azafrán. Aria recordó la chimenea de su salón.
Había visitado su apartamento hace solo seis días, pero sentía como si hubieran
pasado dos vidas desde entonces.
Entró de puntillas en el salón de clases detrás de él. —Entonces, ¿estabas
enfermo? —preguntó ella.
—Si —respondió Ezra—. Tenía la gripe.
—Lamento escuchar eso —se preguntó si se iba a contagiar de gripe también.
Ezra miró el vacío salón de clases, y caminó más cerca de ella. —Entonces.
Escucha. ¿Qué tal un nuevo comienzo? —su rostro estaba serio.
—Uhm, bueno —dijo Aria con voz ronca.
—Tenemos que pasar un año aquí —agregó Ezra—. Por lo que, ¿vamos a
olvidar lo que pasó?
Aria tragó. Sabía que su relación estaba mal, pero todavía tenía sentimientos
por Ezra. Le había desnudado su alma, y eso no podía hacerlo con cualquiera.
Con él fue diferente. —Por supuesto —dijo ella, aunque no lo creía por
completo. Ellos tenían una gran…conexión.
Ezra asintió levemente. Entonces, muy lentamente, estiró su mano y la puso en
la nuca de Aria. Cosquilleos corrieron por su columna. Retuvo el aliento hasta
que él bajó su mano y se alejó.
Aria se sentó en su escritorio, con su mente agitada. ¿Eso fue una especie de
señal? Él dijo que lo olvidasen, pero no se sintió de esa manera.
Antes de decidir si debía decirle algo a Ezra, Noel Kahn se deslizó en el asiento
de al lado, y la pinchó con su lápiz Montblanc. —Así que, escuché que estás
engañándome, Finland.
—¿Qué? —se sentó, alerta. Su mano se movió a su cuello.
—Sean Ackard estaba preguntando por ti. Aunque sabes que él está con Hanna,
¿verdad?
Aria golpeó la parte trasera de sus dientes con la lengua. —¿Sean…Ackard?
—Ya no está con Hanna —interrumpió James Freed, deslizándose en su asiento
frente a Noel—. Mona me dijo que Hanna lo dejó.
—Entonces, ¿te gusta Sean? —dijo Noel apartándose el pelo negro ondulado de
los ojos.
—No —dijo Aria automáticamente. Aunque recordaba continuamente la
conversación que había tenido con Sean en su coche el martes. Se había sentido
bien al hablar con alguien acerca de sus asuntos.
—Bueno —dijo Noel, con una mano acariciando su frente—. Estaba
preocupado.
Aria puso los ojos en blanco.
Hanna entró en el salón justo cuando la campana sonó, poniendo su enorme
bolso de Prada sobre su escritorio, y hundiéndose dramáticamente en la silla. Le
dio a Aria una sonrisa forzada.
—Hola —Aria se sintió un poco tímida. En la escuela, Hanna parecía
extremadamente cerrada.
—Hola, Hanna, ¿ya no estás con Sean Ackard? —preguntó Noel ruidosamente.
Hanna lo miró. Su párpado temblaba. —No funcionaba entre nosotros. ¿Por
qué?
—Por nada —interrumpió Aria de manera rápida. Aunque se preguntaba por
qué Hanna había roto con él. Eran dos arvejas en una vaina típica de Rosewood.
Ezra aplaudió. —Está bien —dijo él—. Además de los libros que estamos
leyendo en clase, quiero hacer un proyecto paralelo extra sobre narradores no
fiables.
Devon Arliss levantó la mano. —¿Qué significa eso?
Ezra cruzó a grandes zancadas el cuarto. —Bueno, el narrador nos cuenta la
historia en un libro, ¿verdad? ¿Pero y si…el narrador no nos está diciendo la
verdad? Quizás nos está contando la versión torcida de la historia para
ponernos de su lado. O para asustarte. ¡O tal vez está loco!
Aria se estremeció. Eso la hizo pensar en “A”.
—Voy a asignar a cada uno de ustedes un libro —dijo Ezra—. En un ensayo de
diez páginas, van a hacer el caso a favor y en contra de su narrador, siendo poco
fiables.
La clase se quejó. Aria descansó su cabeza en su palma. ¿Tal vez “A” no era
totalmente fiable? Tal vez “A” no sabía nada realmente, pero estaba tratando de
convencerlas de lo contrario. ¿Quién era “A”, de todos modos? Miró alrededor
del cuarto, a Amber Billings, empujando su dedo a través del pequeño orficio
de sus medias; a Mason Byers, secretamente comprobando las puntuaciones de
los Pilléis en su teléfono, usando su cuaderno como un escudo; y a Hanna,
escribiendo lo que Ezra estaba diciendo con su pluma de tinta púrpura. ¿Podía
alguno de estos ser “A”? ¿Quién podía saber lo de Ezra, lo de sus padres…y
sobre el asunto de Jenna?
Un jardinero pasó rápido con una cortadora de césped John Deere fuera de la
ventana, y Aria saltó. Ezra todavía estaba hablando de los narradores
mentirosos, sólo deteniéndose para dar un sorbo a su taza. Le disparó una
pequeña sonrisa, y su corazón comenzó a vibrar.
James Freed se inclinó, pinchó a Hanna, y señaló a Ezra. —Sabes, escuché que
Fitz es un completo imbécil —susurró, lo bastante alto para que Aria, y el resto
de su fila, lo escuchara.
Hanna miró a Ezra y arrugó su nariz. —¿Él?
—Aparentemente, tiene una novia en New York, pero él está con una chica
diferente de Hollis cada semana —siguió James.
Aria se enderezó. ¿Novia?
—¿Dónde oíste eso? —preguntó Noel a James.
James sonrió. —¿Conoces a la Sra. Polanski? ¿La profesora estudiantil de bio?
Ella me lo dijo. Sale con nosotros a la esquina a fumar a veces.
Noel chocó los cinco con James. —Amigo, la Sra. Polanski está re buena.
—En serio —respondió James—.¿Crees que podría llevarla a Foxy?
Aria sintió como si alguien la hubiera arrojado a una hoguera. ¿Una novia? El
viernes por la noche, él le había dicho que no salía con nadie desde hace mucho
tiempo. Recordó su comida de soltero congelada para una persona, sus ocho
mil libros más un vaso de bebida, y sus alicaídas y sin vida plantas trepadoras.
No parecía como si tuviera una novia.
James podía tener información equivocada, pero lo dudaba. Aria se traspasó de
ira. Hace años, podría haber pensado que solo los chicos de Rosewood eran
jugadores, pero había aprendido mucho sobre los chicos de Islandia. A veces,
los chicos más modestos eran los más superficiales. Ninguna chica miraría a
Ezra, al sensible, dulce, y cuidadoso Ezra, y desconfiaría de él. Le recordaba a
alguien. A su padre.
Repentinamente se sintió enferma. Se levantó, agarró el pase de la clavija, y se
dirigió a la puerta.
—¿Aria? —llamó Ezra, sonando preocupado.
No se detuvo. En el baño de chicas, se apresuró a la pileta, desparramó jabón
rosado en sus manos, y se limpió la zona del cuello que había tocado Ezra.
Estaba volviendo al salón cuando su teléfono empezó a sonar. Lo sacó de su
bolso, y presionó leer.
¡Traviesa, traviesa Aria! Deberías saberlo mejor al ir tras un profesor, de todos modos.
Chicas como tú rompen familias perfectamente felices.
—A
Aria se congeló. Estaba en el centro del pasillo vacío. Cuando sintió un ruido, se
dio la vuelta. Estaba frente a la vitrina de cristal de los trofeos, la que había sido
transformada en un templo a Alison DiLaurentis. Dentro había varias
fotografías de las clases del Día de Rosewood, los profesores siempre tomaban
toneladas de fotos durante el año, y la escuela normalmente se las presentaba a
los padres cuando sus hijos se graduaban. Estaba Ali como una niña de jardín
de infantes sin dientes; estaba vestida como una peregrina para su obra de
cuarto grado.
Había incluso algunos de sus trabajos escolares, como un diorama bajo el mar
de tercer grado, y una ilustración del sistema circulatorio de quinto.
Un cuadrado de color rosa apasionado atrapó el ojo de Aria. Alguien había
pegado una nota adhesiva en el monumento de vidrio.
Los ojos de Aria se agrandaron.
P.D. Preguntándote quién soy, ¿no? Estoy más cerca de lo que crees.
—A

Capítulo 14

Emily está Perfectamente Bien con Tener unos Descuidados Minutos de Ali


—¡Di mariposa! —cantó Scott Chin, fotógrafo del anuario de
Rosewood Day. Era jueves por la tarde, y el equipo de
natación estaba en el natatorio tomando las fotos grupales
antes de que Tate se reuniera para comenzar. Emily había estado en equipos de
natación durante un largo tiempo, pero ella nunca había pensado tener su foto
tomada en traje de baño.
Posó con las manos en el bloque de partida y trató de sonreír. —Magnífico —
exclamó Scott, frunciendo los labios de color rosa. Una gran cantidad de chicos
en la escuela especulaban sobre si Scott era gay. Scott nunca admitió que lo era,
pero él no hizo nada para disipar los rumores, tampoco.
Cuando Emily maniobró por la cubierta de su bolso de lona, se dio cuenta de
que el Equipo de Preparación de Tate estaba pasando a las gradas. Toby estaba
en el medio del grupo, vestido con una sudadera azul de Champion y girando
los hombros hacia atrás y hacia adelante para entrar en calor.
Emily contuvo la respiración. Había estado pensando en Toby desde que la
rescató ayer. Ella no podía imaginar que Ben hubiera tenido jamás la fuerza
para levantarla así, que hubiera estado preocupado de haber extraído sus
músculos del hombro y haber comprometido su carrera de hoy. Y pensando en
Toby, había provocado algo más, también: una memoria de Ali que Emily casi
había olvidado.
Fue uno de los últimos tiempos cuando Emily estaba a solas con Ali. Ella nunca
olvidaría el claro cielo azul de ese día, todas las flores habían florecido, había
abejas en todas partes. El árbol de la casa de Ali olía como Kool-Aid, savia, y el
humo del cigarrillo, Ali había hurtado un cigarrillo Parlamento del paquete de
su hermano mayor. Ella agarró las manos de Emily. —No puedes decirle a las
demás de esto —dijo—. He comenzado a ver en secreto a este tipo mayor, y es
increíble.
La sonrisa de Emily tambaleó. Cada vez que Ali le decía acerca de un chico que
le gustaba, un pedacito de su corazón roto se apagaba.
—Él es tan caliente —dijo Ali—. Casi tengo ganas de ir a clase lejos, con él.
—¿Qué quieres decir? —Emily nunca había oído nada tan horrible en su vida—.
¿Quién es?
—No puedo decirlo —Ali sonrió con malicia—. Ustedes se pondrían locas.
Y luego, porque Emily no podía soportarlo más, ella se inclinó y besó a Ali.
Hubo un maravilloso momento singular, a continuación, Ali se apartó y se echó
a reír. Emily trató de hacerlo pasar como si estuviera sólo jugando... y luego se
fueron a sus casas separadas para cenar.
Ella había pensado en el beso tantas veces, lo había recordado tanto que casi no
había llegado antes. Pero ahora que Toby estaba de vuelta y era tan lindo...
Emily estaba pensando que ¿tal vez el hombre de Ali había sido Toby?
¿Quién más podría haberlas hecho ponerse locas?
A Ali le gustaba Toby en una manera que tenía sentido. Al final del séptimo
grado, había estado con un chico-malo, hablando de cómo ella quería salir con
alguien que era "como, malo." Siendo enviado a la reforma escolar, calificado
como malo, tal vez Ali vio algo en Toby que nadie más hizo. Emily pensó que
tal vez ella podía verle algo igual, ahora. Y, aunque era un poco extraño, estaba
la posibilidad de que a Ali le había gustado Toby como Toby le parecía mucho
más atractivo a Emily. Que fuera lo suficientemente bueno para Ali, significaba
que era lo suficiente bueno para ella.
Tan pronto como se rompió el servicio para la competición de saltos, Emily tiró
sus sandalias a su bolsa de natación de Rosewood Day, preparándose para
caminar hacia Toby. Sus dedos se chocaron contra su teléfono celular,
escondido debajo de su toalla. Estaba intermitente, ella tenía siete llamadas
perdidas de Maya.
Emily tenía la garganta apretada. Maya había llamado, mandado mensajes
instantáneos, mandado textos, y enviado correos electrónicos a ella toda la
semana, y Emily no había respondido. Con todas las nuevas llamadas perdidas,
se sentía más confundida. Una parte de ella quería encontrar a Maya en la
escuela y correr la mano por su pelo rizado suave. Para subir en la parte trasera
de su bicicleta y abandonar la escuela. Besar a Maya se había sentido
peligrosamente bien. Pero parte de lo que ella deseaba, era que Maya hubiera…
desaparecido.
Emily se quedó mirando la pantalla de su teléfono celular, con un nudo en la
garganta. Luego, lentamente, ella lo cerró. Esto se sentía como el momento en
que ella tenía ocho años y decidió deshacerse de Bee-Bee, su manta de
seguridad. Las chicas grandes no necesitan mantas, se había dicho a sí misma, pero
había sido terrible cerrar la tapa del bote de basura con Bee-Bee en su interior.
Ella respiró hondo y se dirigió a las gradas de Tate. De camino allí, ella miró por
encima del hombro, en busca de Ben. Estaba más al lado de Rosewood Day,
dándole a Seth bofetadas con su toalla Sammy. Desde el Tanque del martes, Ben
se había mantenido al margen de Emily, actuando como si no existiera. Sin
duda fue mejor que atacarla, pero tuvo su paranoia de que él estaba diciendo
cosas acerca de ella a sus espaldas. Ella quería que Ben quisiera verla ahora
mismo, tal como ella se acercó a Toby. ¡Mira! ¡Estoy hablando con un hombre!
Toby había dejado la toalla en el azulejo de la piscina y tenía los auriculares en
las orejas y un iPod en su regazo. Tenía el pelo peinado hacia atrás de su rostro,
y la sudadera azul que llevaba sobre la Speedo, que Emily no había sido lo
suficientemente valiente como para mirarla durante su primer evento a medida
que sus ojos se tornaban aun más azul.
Cuando vio a Emily, él se iluminó. —Hola. Te dije que te había visto aquí, ¿no?
—Sí —Emily sonrió con timidez—. Así que, eh, sólo quería decir gracias. Por
ayudarme ayer. Y el día anterior.
—Oh. Bueno, no era nada.
En ese momento, Scott apareció con su cámara de anuario. —¡Te atrapé! —
exclamó, y tomó una foto—- Puedo ver el título ahora: "¡Emily, coquetea con el
enemigo!" —entonces dijo a Emily en voz más baja—, unque pensé que no era
tu tipo.
Emily miró a Scott inquisitivamente. ¿Qué se supone que significa eso? Pero él
revoloteó lejos. Cuando ella se volvió hacia Toby otra vez, él estaba jugando con
su iPod, así que empezó a caminar de nuevo hacia el equipo del lado de ella.
Ella había tomado tres pasos cuando Toby gritó: —Oye, ¿quieres un poco de
aire?
Emily se detuvo. Rápidamente, ella miró a Ben. Todavía no prestaba ninguna
atención. —Uhm, bien, —decidió ella.
Caminaron a través de puertas dobles del natatorio Rosewood Day, más allá de
un montón de chicos esperando el autobús de la tarde, y se sentaron en el borde
de la fuente del Día del Fundador. El agua brotaba de la parte superior en una
larga, pluma brillante. El cielo estaba nublado, aunque, el agua sólo parecía
aburrida y blanca en lugar de brillante. Emily se quedó mirando un montón de
monedas de un centavo en la fuente poco profunda, de fondo brillante. —En el
último día de la escuela, las personas mayores empujan a su profesor favorito a
esta fuente, —le dijo ella.
—Lo sé —dijo Toby—. Solía venir aquí, ¿recuerdas?
—Oh. —Emily se sentía como una imbécil. Por supuesto que sí. Y después lo
enviaron lejos.
Toby sacó un paquete de galletas de chocolate de la bolsa. Se lo tendió a Emily.
—¿Quieres una? ¿Antes de la carrera una merienda?
Emily se encogió de hombros. —Tal vez la mitad.
—Me alegro por ti —dijo Toby, entregándole una. Él miró hacia otro lado—. Es
curioso cómo es totalmente diferente entre chicos y chicas. Los chicos quieren
comerse unos a otros. Incluso hombres que conozco que son más viejos. Al
igual que mi psiquiatra, en Maine. Una vez, en su casa, tuvimos un concurso de
comer camarones. Me dio una paliza por seis camarones. Y tenía, como, por lo
menos treinta y cinco.
—Camarones —Emily se estremeció. Porque ella no quería preguntar lo obvio.
¿Tuviste un psiquiatra? En cambio, ella preguntó—. ¿Qué pasó después de que
tu, eh, psiquiatra comió todo eso?
—Él vomitó —Toby estaba rozando la superficie del agua con sus dedos. El
agua de la fuente olía aún más como el cloro de la piscina lo hacía.
Emily pasó las manos sobre las rodillas. Se preguntó si tenía un psiquiatra por
la misma razón que había tenido la culpa de “La Cosa Jenna”.
Un autobús de lujo entró en el estacionamiento de Rosewood Day. Poco a poco,
los miembros de la banda desordenada de Rosewood Day, aún en sus
chaquetas de color rojo uniforme con ajuste trenzado, acampanados pantalones
de esmoquin, el tambor mayor con un sombrero peludo ridículo que parecía
que iba a ser muy caliente e incómodo de llevar. —Tú, uhm, hablas mucho
sobre Maine —dijo Emily—. ¿Estás feliz de estar en Rosewood otra vez?
Toby enarcó una ceja. —¿Estás tú feliz de estar en Rosewood?
Emily frunció el ceño. Ella vio cómo una ardilla corrió en círculos alrededor de
uno de los árboles de roble. —No sé —dijo en voz baja—. A veces me siento un
poco mal. Yo solía ser normal, pero ahora... no sé. Me siento como si debiera ser
de una manera, pero no lo soy.
Toby miró fijamente. —He oído decirlo —suspiró—. Hay toda clase de gente
perfecta aquí. Y... es como, si no eres uno de ellos, entonces estás en mal estado.
Pero creo que, en el interior, la gente de aspecto impecable está en tan mal
estado como nosotros.
Volvió su mirada a Emily, y su interior dio un vuelco. Sentía como sus
pensamientos y los secretos estaban en el titular del diario de la fuente, y Toby
podía leer todos ellos. Pero Toby fue también la primera persona que había
expresado algo parecido a cómo se sentía acerca de las cosas. —Me siento en
muy mal estado la mayoría del tiempo —dijo en voz baja.
Toby parecía que no lo creía. —¿Cómo estás en mal estado?
Un trueno estalló en el aire. Emily deslizó las manos dentro de su chaqueta de
mangas caliente. Estoy en mal estado, porque no sé quién soy ni lo que quiero, quería
decir. Pero en cambio, lo miró a los ojos y exclamó: —Amo las tormentas.
—Yo también —respondió él.
Y luego, lentamente, Toby se inclinó hacia delante y la besó. Era muy suave y
provisional, sólo un susurro a través de su boca. Cuando se retiró, Emily tocó
sus labios con los dedos, como si el beso aún podría estar en sus labios.
—¿Qué fue eso? —susurró.
—No sé —dijo Toby—. ¿No debería haber...?
—No —murmuró Emily—. Fue muy agradable —su primer pensamiento fue,
me besó un chico al que Ali podría haber besado.
El segundo fue que tal vez era malo de su parte haber pensado eso.
—¿Toby? —una voz les interrumpió. Un hombre en una chaqueta de cuero
estaba bajo el toldo del natatorio, las manos en sus caderas. Era el Sr.
Cavanaugh. Emily le reconoció a partir del verano del equipo de natación, hace
años... y de la noche en que Jenna se lesionó. Sus músculos de los hombros
estaban apretados. Si el Sr. Cavanaugh estaba aquí, ¿estaba Jenna? Luego
recordó que Jenna estaba en la escuela en Philadelphia. Ojalá.
—¿Qué estás haciendo aquí? —el Sr. Cavanaugh puso la mano fuera del toldo,
sintiendo la lluvia, que apenas había comenzado a caer—. Tu carrera será
pronto.
—Oh —Toby saltó de la pared. Sonrió a Emily—. ¿Vas a volver también?
—En un segundo —dijo Emily con voz débil. Si ella trataba de usar sus piernas
en este momento, no podrían funcionar—. Buena suerte con tu carrera.
—Está bien —los ojos de Toby se quedaron con ella otro momento. Parecía a
punto de decir algo más, pero se separaron, cayendo en el paso con su padre.
Emily se sentó en el muro de piedra durante unos minutos, la lluvia
empapando a través de su chaqueta. Ella se sentía extrañamente gaseosa, como
si estuviera carbonatada. ¿Qué había sucedido? Cuando su Nokia anunció que
había un texto, se estremeció y excavó fuera del bolsillo de su chaqueta. Su
corazón se hundió. Era de quien ella pensó que era.
Emily, ¿qué tal está foto de ti para el anuario en su lugar?
Hizo clic en el archivo adjunto. Era una fotografía de Emily y Maya de la cabina
fotográfica de Noel. Estaban mirándose a los ojos con nostalgia, a centímetros
de los besos. La boca de Emily se abrió. Se recordaba presionando el botón en la
cabina para comenzar las fotos, pero ¿no las había tomado Maya cuando se
fueron?
Tú no quieres esto para conseguir todo, ¿verdad? dijo la línea de texto debajo de la
foto.
Y (por supuesto) estaba firmado como “A”.

Capítulo 15

Ella Roba por ti y así es como se lo Pagas


Mona salió del vestidor de Saks, llevaba un vestido de cuello
cuadrado completamente verde de Calvin Klein. Su falda larga se
desplegaba mientras ella giraba sobre sí misma. —¿Qué te parece?
—le preguntó a Hanna, que estaba de pie afuera de los probadores.
—Precioso —murmuró Hanna. Bajo las luces fluorescentes del vestidor, ella
podría decir que Mona no llevaba sujetador.
Mona posó delante del espejo de tres formas. Estaba tan flaca, algunas veces
ella bajaba a la envidiable talla cero. —Creo que este podría quedar mejor con
tu colorido —ella tiró de uno de los tirantes—. ¿Quieres probártelo?
—No lo sé —dijo Hanna—. Es un poco transparente.
Mona frunció el ceño. —¿Desde cuándo te preocupa?
Hanna se encogió de hombros y miró hacia un perchero de chaquetas de Marc
Jacobs. Era jueves por la noche, y ellas estaban en el departamento de diseño de
Saks en el centro comercial King James, buscando frenéticamente vestidos para
Foxy. Una gran cantidad de chicas de la escuela preparatoria y de fuera de la
universidad pero viviendo en las propiedades de alquiler de las chicas,
asistirían, y era importante encontrar un vestido que otras cinco chicas no
llevarían puestos.
—Quiero vestir con clase —respondió Hanna—. Al igual que Scarlett
Johansson.
—¿Por qué? —preguntó Mona—. Ella tiene un trasero grande.
Hanna frunció sus labios. Cuando ella dijo con clase, ella quiso decir fina. Al
igual que esas chicas en los anuncios de diamantes que parecían dulces, pero
que tenían las palabras fóllame escritas en un mechón de su cabello. Sean
necesitaba estar extasiado con la virtud de Hanna, él rechazaría sus votos en el
Club V y le arrancaría su ropa interior.
Hanna tomó un par de zapatos peed-toe, de Miu Miu de color camel del
muestrario de venta por fuera del vestidor. —Amo estos —ella los sostuvo para
que Mona los viera.
—¿Por qué no...? —Mona sacudió su barbilla hacia abajo a la bolsa de Hanna.
Hanna los dejó de nuevo en el estante. —De ninguna manera.
—¿Por qué no? —Mona susurró en voz baja—. Los zapatos son lo más fácil. Tú
lo sabes —cuando Hanna vaciló, Mona chasqueó la lengua—. ¿Todavía estás
asustada con lo de Tiffany?
En lugar de contestar, Hanna fingió estar interesada en un par de slingbacks de
Marc Jacobs metálicos.
Mona sacó un par de cosas más fuera de los vestidores y volvió a entrar en el
probador. Segundos después, ella salió con las manos vacías. —Este lugar
apesta. Vamos a intentarlo en Prada.
Caminaron por el centro comercial, Mona escribiendo en su Sidekick. —Le
estoy preguntando a Eric de qué color son las flores que me va a dar —
explicó—. Tal vez decidiré mi vestido en base a ellas.
Mona había decidido ir a Foxy con el hermano de Noel Kahn, Eric, con quien
ella había pasado un rato un par de veces esta semana. Los muchachos Kahn
eran siempre un seguro para una cita en Foxy, ellos eran guapos y ricos, y la
sociedad de fotógrafos los adoraba. Mona intentó convencer a Hanna para que
se lo pidiera a Noel, pero ella había esperado demasiado tiempo. Noel le había
pedido a Celeste Richards, quien iba a una escuela-internado cualquiera, una
sorpresa, ya que todo el mundo pensaba que Noel había tenido algo con Aria
Montgomery. A Hanna no le importaba, sin embargo. Si no iba con Sean, no iba
a ir con nadie.
Mona levantó la vista del mensaje de texto. —¿Qué lugar de auto bronceado
crees que es mejor, Sun Land o el de Dalia? Celeste y yo podríamos ir mañana a
Sun Land, pero creo que te hacen parecer de color naranja.
Hanna se encogió de hombros, sintiendo una punzada de celos. Mona debería
haber ido a broncearse con ella, no con Celeste. Ella iba a responder, cuando su
propio teléfono sonó. Su corazón se aceleró un poco. Cada vez que su teléfono
sonaba, pensaba en “A”.
—Hanna —era su madre—. ¿Dónde estás?
—Estoy de compras —respondió Hanna. ¿Desde cuándo se preocupaba su
madre?
—Bueno, tú tienes que venir a casa. Tu padre llegará dentro de poco.
—¿Qué? ¿Por qué? —Hanna miró a Mona, que estaba mirando las gafas de sol
baratas en un kiosco del paseo.
Ella no le había dicho a Mona que su padre la había visitado el lunes. Era
demasiado extraño hablar de ello.
—Simplemente... necesita recoger algo —dijo su madre.
—¿Cómo qué?
La Sra. Marín dejó escapar un resoplido nervioso. —Va a ir para recoger
algunos documentos financieros que tenemos que resolver antes de que se case.
¿Es esa una explicación suficiente para ti?
Un sudor espinoso recorría la parte posterior del cuello de Hanna. Primero,
porque su madre había mencionado lo que ella odiaba pensar sobre que su
padre se iba a casar con Isabel, y él sería el padre de Kate. Y dos, en cierto modo
ella había pensado que su padre podría venir a verla, específicamente. ¿Por qué
ella debería estar allí si él iba a ir por otra razón? Ello parecería como si ella no
tuviera una vida. Miró su reflejo en la ventana del Banana Republic. —¿Cuándo
llega? —preguntó ella.
—Estará aquí en una hora —su madre colgó repentinamente. Hanna quiso
romper su teléfono cerrado y lo acunó entre sus manos, sintiendo que su calor
se filtraba en sus palmas.
—¿Quién era? —Mona canturreó, enlazando su brazo con el de Hanna.
—Mi mamá,—dijo Hanna distraídamente. Se preguntó si tendría tiempo
suficiente para una ducha cuando llegara a casa, ella olía a todos las diferentes
muestras de perfume que había en Neiman Marcus—. Ella quiere que yo vaya a
casa.
—¿Por qué?
—Sólo porque...
Mona se detuvo y miró atentamente a Hanna. —Han. Tu mamá no sólo te llamó
casualmente para que fueras a casa.
Hanna se detuvo. Estaban de pie delante de la entrada de Year of the Rabbit, el
restaurante chino de lujo del centro comercial, y el olor irresistible de la salsa
hoisin llegó a sus fosas nasales. —Bueno, es porque... mi papá viene para acá.
Mona frunció el ceño. —¿Tu papá? Pensé que estaba…
—No lo está —dijo Hanna rápidamente. Cuando Mona y Hanna se hicieron
amigas, Hanna dijo a Mona que su padre había muerto. Había jurado no volver
a hablar con él de nuevo, por lo que no era exactamente una mentira—. No
estuvimos en contacto durante mucho tiempo —explicó—. Pero yo lo vi el otro
día, y tiene negocios en Philadelphia o lo que sea. No viene hoy por mí. Yo no
sé por qué mi mamá quiere que esté allí.
Mona puso una mano en la cadera. —¿Por qué no me lo dijiste antes?
Hanna se encogió de hombros.
—¿Así que cuando pasó esto?
—No lo sé. ¿Lunes?
—¿El lunes? —Mona parecía dolida.
—¡Chicas!, —les interrumpió una voz. Hanna y Mona alzaron la vista. Era
Naomi Zeigler. Ella y Riley Wolfe salían de Prada, con bolsas negras de
compras al hombro perfectamente bronceado con spray.
—¿Estáis comprando para Foxy? —preguntó Naomi. Su cabello rubio estaba
tan brillante como siempre y su piel brillaba irritantemente, pero Hanna no
podía dejar de observar que el vestido de BCBG era de la temporada pasada.
Antes de que pudiera responder, Naomi agregó: —No se molesten con Prada.
Nosotras compramos las mejores cosas.
—Tal vez ya tenemos vestidos —dijo Mona con frialdad.
—¿Hanna, vas a ir tú, también? —Riley abrió mucho los ojos marrones y agitó
su cabello de color rojo brillante—. Pensé que tal vez desde que no estás con
Sean...
—No me perdería Foxy —dijo Hanna con suficiencia.
Riley se puso la mano en la cadera. Llevaba unos leggings negros, una camisa
de tela vaquera deshilachada, y un jersey holgado de rayas negras y blancas.
Recientemente un paparazzi había fotografiado a Mischa Barton con el mismo
traje. —Sean es tan guapo —ronroneó Riley—. Creo que se hizo aún más lindo
durante el verano.
—Es totalmente gay —dijo rápidamente Mona.
Riley no parecía preocupada. —Yo apuesto a que puedo hacerle cambiar de
opinión.
Hanna apretó los puños.
Naomi se alegró. —Así que, hey, Hanna, la Y es impresionante, ¿eh? Tomarás
clases de Pilates conmigo. El instructor, ¿Oren? Magnífico.
—Hanna no va a la Y —interrumpió Mona—. Vamos a Body Tonic. La Y es una
mierda.

Hanna giró de Mona a Naomi, su estómago agitándose.
—¿No vas a la Y? —Naomi puso la cara más inocente que pudo—. Estoy
confusa. ¿No te vi ayer allí? ¿Fuera de la sala de elípticas?
Hanna agarró el brazo de Mona. —Se nos hace tarde para algo —ella la arrastró
lejos de la tienda de Prada, hacia la dirección de Saks.
—¿Qué fue todo eso? —preguntó Mona, rodeando con gracia a una mujer alta y
delgada cargada con bolsas de compras.
—Nada. Yo no la soporto.
—¿Por qué estabas en la Y ayer? No me dijiste que fuiste a ver al dermatólogo.
Hanna se detuvo. Ella había sabido al ver antes a Naomi en el V Club que
estaba en problemas. —Yo... yo tenía algo que hacer allí.
—¿El qué?
—Yo no te lo puedo decir.
Mona frunció el ceño, y luego se dio media vuelta. Ella parecía determinada,
con pasos rígidos dirigiéndose hacia Burberry. Hanna la alcanzó. —Mira, yo no
puedo. Lo siento.
—Estoy segura de que lo sientes —Mona empezó a escavar en su bolso y sacó
los zapatos Miu Miu de color camel de Saks. No estaban en su caja y la etiqueta
de seguridad había sido arrancada de ellos. Ella los sujetaba delante de la cara
de Hanna—. Yo iba a dártelos como un regalo. Pero lo olvidaré.
La boca de Hanna se abrió. —Pero...
—Esa cosa con tu papá ocurre hace tres días, y nunca me hablaste de ello —dijo
Mona—. Ahora me estás mintiendo acerca de lo que haces después de la
escuela.
—No es así en absoluto... —Hanna tartamudeó.
—Se ve de esa manera para mí —Mona frunció el ceño—. ¿Sobre qué más me
estás mintiendo?
—Lo siento —chilló Hanna—. Yo sólo... —ella se miró los zapatos y respiró
hondo—. ¿Quieres saber por qué yo estaba en la Y? Bien. Fui al Club de la
Virginidad.
Los ojos de Mona se abrieron como platos. Su celular sonó en su bolso, pero no
hizo ningún movimiento para sacarlo. —Ahora espero que estés mintiendo.
Hanna negó con la cabeza. Se sentía un poco mareada; Burberry olía demasiado
parecido a su nuevo perfume.
—Pero... ¿por qué?
—Quiero volver con Sean.
Mona se echó a reír. —Me dijiste que terminaste con Sean en la fiesta de Noel.
Hanna miró hacia la ventana de Burberry y casi tuvo un ataque al corazón. ¿Era
realmente su trasero así de grande? De pronto ella tenía las mismas
proporciones que dorky, la Hanna gorda del pasado. Contuvo el aliento, miró
hacia otro lado y miró otra vez. La Hanna normal le devolvió la mirada. —No
—le dijo a Mona—. Él terminó conmigo.
Mona no se rió, pero no intentó consolar a Hanna, tampoco. —¿Es por eso que
vas a la clínica de su padre, también?
—No —dijo Hanna rápidamente, olvidando que ella había visto a Mona allí.
Entonces, dándose cuenta de que ella tendría que decirle a Mona la verdadera
razón, dio marcha atrás—. Bueno, sí. Más o menos.
Mona se encogió de hombros. —Bueno, en cierto modo yo escuché un rumor de
que Sean rompió contigo de la misma forma, de todos modos.
—¿Qué? —siseó Hanna—. ¿De quién?
—Tal vez en el gimnasio. No me acuerdo —Mona se encogió de hombros—. Tal
vez Sean lo empezó.
La visión de Hanna se volvió borrosa. Dudaba de que Sean hubiera dicho...
pero tal vez “A” lo había hecho.
Mona la examinó. —Creía que querías perder la virginidad, no prolongarla.
—Yo sólo quería ver cómo era —dijo Hanna en voz baja.
—¿Y? —Mona frunció los labios con picardía—. Cuéntame obscenidades.
Apuesto a que fue muy gracioso. ¿Sobre qué hablaron? ¿Cantaron? ¿Qué?
Hanna frunció el ceño y luego se alejó. Normalmente, le habría contado todo a
Mona. Salvo cuando Mona se estaba riendo de ella, y ella no quería darle la
satisfacción. Candace había dicho tan lastimeramente: Este es un espacio
seguro. En este momento, Hanna no sentía que tuviera derecho a contar a
alguien los secretos de nadie, no cuando parecía que “A” iba a contar los suyos.
¿Y por qué, si Mona había oído un rumor sobre ella, no había dicho nada? ¿No
se suponía que ellas eran las mejores amigas? —Nada de eso, realmente —
murmuró—. Fue muy aburrido.
La cara de Mona que había mantenido una mirada de esperanza, ahora se
marchitaba en la decepción. Ella y Hanna se miraron fijamente. Entonces sonó
el celular Mona y ella apartó la mirada.
—¿Celeste? —dijo Mona cuando contestó—. ¡Hey!
Hanna se mordió nerviosa sus labios y miró su reloj pulsera de Gucci. —Tengo
que irme —ella le susurró a Mona, señalando la salida este del centro
comercial—. Mi papá...
—Espera un momento —dijo Mona en su teléfono. Se cubrió el receptor con las
manos, puso los ojos en los zapatos de Miu Miu, y se los dio a Hanna—.
Simplemente cógelos. De hecho, me parece que odio este tipo de zapatos.
Hanna se alejó, sosteniendo los zapatos robados por sus correas. De repente,
ella odiaba ese tipo de zapatos, también.

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